forever on the road


Nota del escritor: Muchas veces la historia de algo es mucho mas grande que el algo en sí. On The Road, los movimientos físicos de personas que se mueven de un lugar a otro y que lo constituyen, es uno de esos casos. Empecé a escribir todo este rollo tras una divertida acampada de los orígenes de RLG, pero nunca lo terminé, ni el escrito ni el viaje, hasta darme cuenta, un día cinco años después, que no es que no llevase a ningún sitio o estuviese mal escrito, sino que le faltaba una pieza. ¿Realmente la viví entonces y luego la escribí, o la iba escribiendo con mis pasos premeditadamente confiando llegar a algún lugar? 


A veces nos mueve la necesidad de completar historias que como ocurren en la vida real, no tienen verdadera clausura, solo la que llevemos con nosotros desde el principio hasta, irónicamente, el final.


Yo que sé.






a medida que profundizaba en el bosque, la carretera o camino dejó de ser tal, y en su ausencia caminé sobre tierras apenas menos pobladas de maleza que la cruda maleza alrededor. caminé entre ocasionales señales en código de colores, pintadas en arboles y piedras por dios sabe quién, y sin duda por gente con otro sentido de la dirección, diferente y muy obviamente no tan sofisticado como el propio. hasta aquí todo bien, las raíces de los arboles eran escalones para mi ascenso por la ladera, los troncos caídos eran sitios en los que descansar y la luz de la mañana se filtraba por las copas de los árboles y acariciaba la tierra. lo habitual.

no tengo ni idea de en qué andaría pensando durante todo ese tiempo, porque estuve andando un buen rato, pero sé que me pasó muy rápido. en alguna chica, probablemente.

quizás me sorprendería, si tras mi muerte pudiese ver los stats de la partida y en ellos la cantidad de tiempo con el que estoy con la mente completamente en blanco, simplemente dejando el tiempo pasar. literalmente cuando estamos así, dejamos de existir.

ruidos de motocicletas ocasionales aparte, no había muchos signos de civilización. mis cálculos optimistas indicaban un par de horas de camino, me sentía bien y quedaba mogollón de agua. quizás este camino seria más disfrutable si tuviese ahora algo de compañía, pensé sin duda en algún momento, aunque no se exactamente cuando, ni en qué me basé para creer tal cosa, ni porqué exactamente se me ocurrió. pero seguro que lo pensé, casi a modo de castigo, me conozco. unos días antes pregunté a varias personas que habían manifestado el interés en venir conmigo; pero en el momento en el que cristian me aseguró que vendría cien por cien seguro, y que le llamase cuando supiese el día y hora exactos, supe que sería un viaje en solitario, como en realidad acostumbran a ser.

nunca me ha molestado ir solo a sitios, al contrario. no es que caminando uno se encuentre a si mismo ni nada parecido, es que uno se acostumbra a hablar consigo mismo, y acaba encontrando ya no aceptable sino irresistible la soledad, esa cámara de resonancia para el alma. ir y estar solo en sitios es la forma de no tener que rendir cuentas a nadie cuando no llegas ni estás en ningún lugar.

los días anteriores, sospechando la naturaleza de la aventura, preparé minuciosamente y al completo detalle todo posible imprevisto: abrí el google maps, vi un punto señalado en el mapa y pensé para mi mismo: "cuando termina el camino ese, aproximadamente cuarenta minutos a través del bosque en tal dirección, después girar a la derecha y caminar un ratito más". quizás la ligereza, a la hora de hacer planes que solo te incumben a ti, puede ser buena, pero usa demasiada y quizás el viento te eche a volar. no se si estaría más o menos contento, pero lo que era innegable era que probablemente de ir acompañado lo hubiese planeado todo bastante mejor.

sinceramente creí que no tendría demasiado problema en llegar.

de verdad.

lo que te puede dar una idea aproximada, no de mis capacidades de exploración, sino de los peligros del optimismo y la irracional confianza en uno mismo.

para no arruinar la sorpresa de mi segura e ineludible aparición en la cima de la montaña, hice un poco de teatro al sabio de la montaña, que tiene cobertura e internet, y le pregunté si estaría ahí otro dia que no tenía nada que ver con este. esperaba una respuesta, algo parecido a - sí, voy a estar aquí toda la semana hasta el viernes - para enterarme de sus horarios aproximados sin que no me esperase para hoy. para manipular a la gente que me rodea si que soy bueno trazando planes, y obviamente funcionó a la perfección. y entonces el sabio no sabía que yo estaba de camino, no tenia forma de comunicarme con él, yo no tenia ni idea de como llegar, ni tampoco prácticamente nadie sabia que yo estaba cruzando desconocidos bosques y montañas para que no se filtrase la información. o como mínimo, nadie de esos que lo sabía es de quienes llaman a la policía por menudeces como llevar unas semanas desaparecido.

y es que somos dados a desaparecer.

era un plan sin fisuras. ahora todo lo que faltaba era llegar ahí y hacerme el despistado.

el origen de todo este embrollo, cuyos efectos estamos ahora disfrutando y defectos conversando, no esta claro del todo. ni probablemente lo estará nunca. ni para futuros historiadores ni para observadores internacionales. el caso es que llevaba yo algunas semanas coqueteando con la idea, que se había instalado en mi mente, pero no tenía un motivo real por el que volver a mi pueblo desde donde empezar la peregrinación hasta la cima de la montaña. ir a propósito hubiese sido demasiado, dar demasiada importancia a un plan que precisamente brillaba por su porque si y por su sinsentido intrínseco. así que esperé, pacientemente a que otras razones apareciesen en mi camino para justificar el plan de ir al pueblo en general, que resultó ser ir a ver un concierto de cristian, como últimamene acostumbra a ser. y sobretodo para justificarme a mi mismo la necesidad ineludible de negligir mis para nada importantes autoimpuestas obligaciones y embarcarme hacia destinos inciertos. me siento en una elaborada conspiración urdida por mi mismo para estar permanentemente ocupado en cosas que no tienen importancia y así tener excusas para no tener que hacer nada con mi vida, a la vez que trato de huir de la idea de que debo hacer algo con ella, a la vez que intento encontrar alguna razón aceptable por la que deber hacer algo con ella. es complicado.

una idea a veces es lo que te mantiene en control. que una idea haya sobrevivido al pandemónium que es una mente humana significa que tiene una función en esta; pero la idea en sí no tiene porque significar nada, ni llevar a nada, ni tiene porque ser llevada a realización. hay ideas que existen para pensar en su posibilidad, para recordarte que es tu voluntad, y solo la tuya, de la que dependes, y a través de esa idea poder continuar con tu vida original. probablemente ese hubiese debido ser el destino de este viaje desde el principio, existir como idea y nada más; su realización misma estaba fuera de lugar. pero supongo que yo soy así, demasiado inflexible en mis planteamientos, nunca he sabido distinguir entre un principio y un enunciado fracaso final.


on the road primera parte
on the road segunda parte
on the road tercera parte


me cabreaba más haberme dejado, y por lo tanto no llevar, un bolígrafo al bosque, más aún que haberme dejado las gafas de sol y llevar horas con los ojos a medio achinar. ¿porqué me importaba aquello en absoluto? porque no sabia que haría ahí exactamente una vez conseguido llegar.

a falta de bolígrafo, deseaba que la guitarra que descansa por esos lares estuviese aún funcional, y aquel deseo, por alguna razón, era mi principal atracción para continuar subiendo y subiendo hasta la cima; mucho más que el propio poder hablar con el sabio y comentar con él la jugada.

caminaba y fantaseaba con esas escenas. con la imagen de esas escenas. con la imagen de yo haciendo esas cosas, más que el deseo propio de hacerlas en sí. pasa el tiempo, y me parece que ya no se distinguir una cosa de la otra. que fondo y forma son lo mismo, que los símbolos son las cosas, y que no existe, en este mundo ni en ninguno más, felicidad o satisfacción instantánea más que en mi memoria, en el sexo, o en el cuerpo de una jeringuilla.

es decir, tengo una guitarra en casa que puedo tocar (e ignoro gran parte del tiempo) en todo momento, y ahora, una hora desde la carretera más cercana, profundo en el bosque, lo único que quiero es organizar todo este esfuerzo y llegar al final para ¿tocar otra diferente? me recuerda a cuando acostumbraba a ligar. son diferentes los motivos que nos llevan a hacer viajes que los que nos mantienen en ellos, pero aquello era sin duda demasiado, estaba simplemente fuera de lugar. creo que lo que nos hace dar el primer paso es alguna especie de éterea promesa de recompensa final que nunca se cumple pero que sin la cual nunca realmente saldríamos de casa, y entonces encontramos significado en nuestros viajes de autoexploración a la india no porque haya ahí nada de significado sino para justificar nuestro casi suicida decisión de ir inicial. no soy un gran aficionado de viajar, habréis notado. necesito años para empezar a apreciar el aire y el espíritu de un lugar. el único lugar en el que sueño son mis sábanas, lugares imaginarios, estar perdido durante una vida en praga y en las montañas de nueva zelanda.

soñaba con esa guitarra, con el sudor en la frente, con las piernas agotadas por el innombrable esfuerzo de la actividad física moderado, todo mi cuerpo protestando al unísono de dolor. era un pedazo de casa, algo conocido allí arriba, una porción de algo que conocía, de hogar. menuda mierda de razón para la que adentrarse en lo desconocido, pero si tengo que estar de vuelta en la vida para disfrutar de la tranquilidad, de alguna forma haber pagado el precio y permitirme a mí mismo los placeres sencillos de la existencia, que más dará emprender caminos escogidos por motivos prácticamente al azar.

a veces, parece que todo cuando recuerdo de mi propia vida, son escenas en las que salgo de espaldas y estoy volviendo solo de algún lugar.

y es que eso de hablar con alguien, es más fácil cuando no tienes ganas de charla transcendental, y eso que el sabio es colega de toda la vida y podemos hablar con confianza; pero a la vez, al pasarme tantas horas de mi vida encerrado en mi propio mundo haciendo las mismas cosas, pensando en las mismas cosas, en el resultado de mi endogámica cultura de pensamiento autoreferente, tenía miedo de intentar hablar del tiempo y que al hablar lo que saliese de mi voz no fuese un mashup de interacciones sociales antiguas, de citas de mis propios artículos y de tecnicismos del league of legends. quería el resultado de hablar en sí, pero hablar me daba como un poco igual en sí mismo, y casi miedo escénico, pero no por lo que pudiese decir, o por expresar cosas demasiado personales, sino al contrario. de alguna forma, como casi no me relaciono con los demás, todas las conversaciones necesitan tener como una necesidad comunicativa superior, y toda charla sin importancia se convierte en transcendental. llegar y hablar del tiempo tenía hasta un punto cómico, pero indudablemente seguido de un silencio del que una vez empezado no podría escapar. ¿que haces aquí? no tenía más respuesta que no tolero ahora mismo estar en ningún lugar, así que qué más da.

para ser alguien que no habla demasiado, hablo sin casi respirar, pues todo tiene significado. eso me tormenta y me martiriza, como si nunca pueda de ello descansar. no veo la sutileza de los pájaros, y la brisa del mar, como la ven los poeta o escritores; veo en ellos o bien el vacío, o bien una pretenciosa masa densa, empalagosa y de mal gusto, de símbolos y significados. entonces solo tolero la más pura ligereza, el silencio de las personas, la ausencia de música. de lo que he tenía ganas era de llegar, sentarme, y encajar con el paisaje. que un bolígrafo, y una guitarra, con una estúpida libreta de estúpidas y horribles canciones, hablasen mucho mejor de mí que abrir la puta boca una vez más.

hay muchos sitios a los que uno puede ir a buscar significancia o transcendencia, pero no demasiados donde huir de ella.

hacer música es mejor que recordar viejos tiempos, y hasta mejor que hablar de tonterías, aunque probablemente en realidad no mejor que el absoluto silencio. pero es que si nos ponemos a compararnos con el silencio, probablemente nunca volvería a hablar en mi vida, y no es plan. quizás solo hablo para que no lo hagan los demás, como quien hace acopio de todos los ejemplares de libros con la intención de quemarlos. llegar y quedarme simplemente callado, dueño y señor del silencio y de todo lugar. esa era un idea que me podía enamorar. una con la que podía continuar el camino y subir.

doble contradicción, nadie va al sabio de la montaña si no es para hablar con o de uno mismo, y mientras debo ser el único que va a la jodida montaña perdida a hacer vida social, tampoco no tenía pensando hablar al llegar.






andando un poco ya de forma más intuitiva que planeada, llegué a la continuación del camino y me encontré que este cruzaba por medio (o por encima según como se mire) de una propiedad privada, "no pasar" así que por alguna razón me pareció buena idea traicionar mis más profundos ideales, dar un rodeo, y pasar por tierras neutrales. después al rato los recuperé, y para corregir el rumbo que había jodido al hacer caso de un pequeño cartel tuve no solo que saltar una valla que también ponía no pasar; sino pasar campo a través la totalidad del parc aventura.

no sin mogollón de rascadas y mierda clavada en el cuerpo, comprendí que el concepto de llegar "a la continuación de" no significa nada en absoluto. porque todos los puntos del camino son la continuación del anterior.

a veces estoy hablando conmigo mismo y llego a ese tipo de mierdas y puntos sin salida, y tardo bastante rato en comprender que nada tiene jodido sentido. a veces me pilla andando y descubro tras lo que podrían ser un par de segundos o un par de decenas de minutos que estoy literalmente bloqueado, quieto de pie en medio de la calle sin hacer nada. habitualmente cuando me doy cuenta simplemente sigo caminando, me pregunto que pensará la gente que sale a fumar de noche en los balcones cuando me ven. seguir fumando supongo y pensar - yo también chico, yo también -. aunque no sepan el "que" también. yo tampoco lo se.

por donde ibamos.

ah, si, el camino.

más o menos iba bien, acababa de superar esa pequeña crisis sin importancia de perderme completamente durante unos diez minutos, y lo había hecho tomando un poco de iniciativa, así que pillé confianza y me puse aún más creativo con la ruta. mucho más. tomé un camino que parecía buena gente, un desvío lejos de la carretera asfaltada que debía seguir, y apagué el móvil porque total, el gps incorporado que lleva tan útil en el medio de barcelona es una mierda cuando estas de lleno en la absoluta nada. algo que quizás debí prever antes. seguí y el calor que había pillado andando en la frondosidad se mezcló con la luz directa del mediodía sobre mi cara, el camino era demasiado abierto como para los arboles protegerme del sol y tras giros e historias me alegré durante un momento cuando al terminar una pequeña cresta pude ver y sentir la brisa del mar.

por fin algo de aire.

que agradable.

si no fuese porque en teoría no debería haber ahí mar alguno.

se suponía que estaría a punto de retomar el camino original que debería haber tomado y eso ocurría a bastantes metros, kilómetros de la costa. avancé un poco más y me vi de repente en la estúpida carretera que pasa por la costa y que se divide al llegar a la urbanización esa de millonarios turistas rusos.

se suponía que debía estar en la frondosidad del bosque perdido, no es una carretera de dos carriles con imbéciles que me saludaban pasando con la música a toda leche.

avancé por la carretera cabreadísimo de haber perdido tanto tiempo, y lo único que había comido durante toda la mañana era dosis exageradas radiación para mi piel. empezaba a tener hambre, lo que me pone de muy mala leche, no me quedaba demasiada agua, estaba cansado, la expresión de mi cara forcejeando para cerrar los ojos y aguantar la luz me empezaba a molestar y el móbil sin wifi a estas alturas lo hubiese cambiado muy gratamente por una puta brújula. la carretera se mantenía pegada a la costa y no ofrecía oportunidad para volver montaña adentro. seguí, seguí, seguí y me estaba hartando de ello, y cuando perdí los nervios, cuando me pareció que estaba a una altura aceptable respecto la posición del mar comparando con mis recuerdos difusos sobre la posición que se veía desde el sitio donde iba, pillé carrerilla, crucé corriendo el asfalto y prácticamente me puse a escalar la ladera de la carretera del tirón. la misión estaba completamente perdida ya, nada bueno podía ocurrir ya, así que la mejor opción (desde luego no volver a casa tranquilamente, mirar mejor el camino, y volver alguno de los muchos días siguientes de los que disponía) era un ultimo e impulsivo all-in.

no estaba exactamente escalando, pero tampoco caminando, ni mucho menos corriendo. ese no era un camino mimado por deportistas y turistas en motos de cross. crawling es una palabra adecuada para lo que estaba haciendo, como en esa canción de los arctic monkeys. cualquiera que hubiese pasado por la carretera hubiese pensado que estaba loco de remate o era una cabra montesa. me daba más miedo que me un coche se parase a mirarme que caerme de espaldas y rebentarme la cabeza. era un ascenso agotador, penoso, y no tenía ningún sentido. no que en ningún momento lo hubiese tenido, pero aún así. la arena sobre la roca era resbaladiza y no había sitio donde sujetarse con fuerza para dar el siguiente paso. amarrado de sudor en la espalda, siempre a un desliz de caerme y rodar todo el camino hacia abajo, las raíces de los arboles no eran ya escalones, eran salvavidas.

tras unos minutos de esfuerzo titánico conseguí perder de vista la carretera y meterme de forma más profunda entre la montaña, que empezaba a asomar algo parecido a arboles desde los que irse sujetando y avanzar.

no tenía ni idea de adonde iba, seguía sinuosas intuiciones de caminos, que a ratos eran túneles entre vegetación hechos por facoqueros, y los iba alternando para tomar sprints más directos hacia la cima del pequeño monte que estaba poco a poco conquistando con esa furia ciega.

ni siquiera tenia ni idea de si ese monte era el que yo buscaba, la casa de mi amigo, pero me inundó la fe en seguir adelante y llegar hasta el final. ante la dificultad, me acababa de convertir en un creyente, creía en la vida, en la masía en la cima de la montaña y hasta en el más allá. si pagaba el precio, si tenía lo que tenía que tener para pagar el precio y contra mi cuerpo y mi alma conseguir subir esa cuesta, al llegar lo que encontraría sería mi lugar. tampoco había muchas posibilidades de dar marcha atrás, ni nada que ganar en ello. dar media vuelta en cualquier punto hubiese significado volver a casa, lo habría significado a veinte metros de la puerta, y lo seguía significando en ese pedazo de rocas sobre el que estaba subiendo hasta la cima del mundo. pero a algo, a falta de escalones, me tenía que agarrar.






esos días en el pueblo había estado haciendo cosas absurdas, pero el medidor estaba ahora alcanzando cifras récord. bastaban un par de horas sin hacer nada en casa de mis padres como para acordarme de que no tenía nada que hacer en ese lugar, y la opción de volver otra vez, durante todo un verano, únicamente su posibilidad, me marea y desorienta. la situación me recordó a cuando, habiendo ido a vivir por primera vez a barcelona, volví por las mismas fechas de invierno que ahora, y tras el entusiasmo inicial de saludar a mis amigos, llevábamos ya dos días ya sentados en un aparcamiento o en la entrada del tzvr simplemente pasándolo bien y pasando frío y bebiendo cerveza y no podía dejar de pensar en que no estaba haciendo nada. y la escena se repite, año tras año, casi como en un espejo, a día de hoy. ¿cuándo se convirtió en mi cabeza el tiempo en un recordatorio constante de la mortalidad? ¿de que debería estar haciendo constantemente algo más? dejo que me posea el alma, y sé que no debería, que me tortura, pero es el único modo de levantarme y andar.

al final no son las ideas buenas o verdaderas las que se quedan en nosotros, sino las que funcionan.

a este sabio de la montaña lo conocéis todos perfectamente. o deberíais. roger dejó las dos carreras que estaba cursando hace unos meses, montó una revolución del quince de mayo en la plaza del pueblo, se fue a vivir a una cala prácticamente innaccesible con néstor durante un verano, y luego a una masía abandonada, can rifà. y sigue ahí, sin más, ni sin menos, plantando patatas y verduras en la tierra y escribiendo poesía bastante mala. ser consecuente con sus ideas de como el mundo debería funcionar es un trabajo a tiempo completo, y recibe un montón de visitas debido a la originalidad de este concepto arrollador, o quizás por tener los huevos de llevarlo a su principio de explosión.

somos tan distintos.

pero es sorprendentemente frecuente la cantidad de universitarios que desean secretamente tener una razón para hacer algo así y mandar todo a tomar por culo, sobretodo en carreras como física y matematicas y ese tipo de cosas. quizás que la idea en sí, que la posibilidad exista, nos reconforta de algún modo, y que sea posible llevarla a cabo no tiene nada que ver con ello, siendo hasta una temeridad mas parecida a mi decisión de iniciar el viaje, que la solución efectiva a un problema real.  quizás no somos tan distintos. quizás yo me hubiese ido con él si no estuviese haciendo lo que estoy ahora, o si hubiese wifi ahí arriba, o si no tuviese ya mi propia manera de mandar todo a la mierda y vea irme a la montaña como la parodia de algún mesías atemporal. quizás hasta lo haga, después de todo, algún día, pero sería por distintas razones, y cambiar el mundo no una de ellas.

primero, yo ya no quiero cambiar el mundo, así que nuestros motivos inmediatos son en esencia completamente diferentes. segundo, encuentro el aislamiento voluntario mucho más poderoso (de caras a uno mismo) cuando precisamente estás en un centro de comunicaciones del mundo y no en una cima desolada. el silencio del anonimato en la multitud. no importas no porque nadie te pueda oír, sino porque técnicamente todos te escuchan pero a nadie le importa una mierda. ese es mi verdadera versión del ermitaño; una habitación oscura rodeada de vida y cosas que les ocurren a los demás. hay jodidos fuegos artificiales en la calle celebrando alguna fiesta local o la independencia de un país y ni siquiera te preguntas porque, porque te importa una puta mierda, simplemente sigues andando. en ese sentido esta peregrinación era casi un viaje de negocios, un intercambio de ideas sobre distintos medios de producción de aislamiento y soledad.






completamente agotado alcancé la cima del monte perdido, uno al lado de muchos otros. y para sorpresa de nadie, descubrí que pese a que la subida me había recordado a unos alrededores que vi la ultima vez que estuve en la masía de mi amigo, ahí no había masía, ni amigo, ni vistas de nada de ello a trescientos sesenta grados alrededor. el viento me golpeaba la cara con mis propios cabellos. busqué la piedra más grande que puede encontrar, la tiré con todas mis fuerzas al horizonte, gritando de verdad, un sonido que no reconocí como mi propia voz, rompiendo el absurdo y joven voto de silencio; y me quedé sentado en un tronco caído, muy quieto y en silencio mirando la mar.

dios es grande.

ni siquiera estaba cerca, probablemente ni siquiera estaba más cerca que cuando empecé. pretender llegar a la hora de comer era ya una fantasía del pasado. acababa de comprender que nunca llegaría a la casa de mi amigo, incluso ocurriendo un milagro que me transportase ahí en ese preciso momento, ya era demasiado tarde. se había escuchado un chasquido y todo había perdido el sentido, estaba acabado. y ya no quería ver a nadie, solo volver a mi pequeña habitación oscura de donde nunca debí haber salido, y fingir que nada de esto había ocurrido. directamente, sin decir nada más, sin siquiera quedarme a este pueblo a hacer lo que había venido a hacer, pillar el primer autobús y volver, y dormir por días enteros. me derrumbé, amigos míos, una vez más, no se cuantos minutos estuve sentado en aquella roca en medio de la nada, pero no fueron pocos.

vi un camino un poco más allá, uno de verdad, no en el sentido metafórico, el primero desde que dejé la carretera. el camino probablemente bajaba la montaña por una ladera dándole la vuelta, y también probablemente era la mejor opción para volver.

y así me rendí, y empecé el camino de vuelta a casa.

el viaje había estado un absoluto fracaso y pérdida de tiempo. por suerte como iba a ser una sorpresa nadie se quedaría esperándome, ni había perdido a nadie que por acompañarme se hubiese visto heredero de mi absurdo intento y resultado final. así que pese a todo una fracaso, era uno en ración individual.

podía sentir como mi cabeza empezaba a funcionar a toda velocidad. creando como antes justificaciones, motivos, narraciones, transcendencia al viaje, y ahora a su fracaso; como una incesante máquina de vapor que no sabía como parar. intentaba dejar de pensar pero no podía, y lo odiaba, pero no lo podía evitar. huida, ¿estoy huyendo de algo? clausura ¿es de alguna forma esto algún simbólico final? basta, basta, ¡basta!

soñé con un mínimo mundo posible. con una tierra que labrar vacía de símbolos y significados, donde las cosas únicamente son.

no hay parte buena, no hay revelación.

ni en el fondo todo ha valido la pena por todo lo que hemos aprendido por el camino ni las amistades que hemos hecho en él. ni lo importante del camino es nada aparte del propio camino, ni tampoco el destino, ni historias en vinagre. me arrepiento de cada segundo de ello, y de escribir sobre ello, aún más. desearía que nunca hubiese ocurrido. y la sensación de que acabaría escribiendo sobre ello me daba nauseas, el reflejo de tirarme por el acantilado más cercano. la transcendencia, en un intento de racionalizar el asunto me volvía a bocanadas cuando intentaba con todas mis fuerzas respirar y llenar mis pulmones, bloqueados, a más de la mitad. pero me embafaba, hasta casi vomitar, a mi mismo, con el significado, el romanticismo, el idealismo, la escena, hasta casi asfixiarme. toponando cada una de las ramificaciones del sistema respiratorio entrando como un mar invasivo entre las fisuras de las rocas, como humo de tabaco cubriendo los vasos capilares de todo lo que está destinado a ser la entrada del aire puro y limpio de las alturas y las montañas. intenté llegar a un sitio, fui lo suficientemente estúpido y lo suficientemente confiado como para creer que lo haría a mi propia manera y eso simplemente no ocurrió. no hay nada, así que no lo busquéis. y si alguien, cuando llegue al final de este escrito o relato o artículo tiene los huevos de pensar que todo es una alegoría en la que la vida es el camino que mi historia significa que vale la pena pese a todas las dificultades cuando quieras quedamos en un descampado por noche, nos matamos a navajazo limpio y acabamos con tanta puta tontería. en serio. ni por un segundo.

bajando por ese camino recién descubierto, y encontrando que efectivamente conectaba con un tramo bastante más adelantado de la carretera por la había venido, fue cuando me di cuenta que me había dejado en casa nada más y nada menos que los auriculares. lo cual no es sorprendente, pero si que lo es que no me hubiese dado cuenta hasta ese momento, más de cinco horas después. eso significaba que llevaba todo el rato andando en absoluto silencio. ¿tan interesante era la montaña y los cuatro árboles de mierda? no recuerdo estar pensando en nada, la mayor parte estaba andando sin más con la mente en blanco, no entendía como podía haber ocurrido aquello ni porqué sin más justo en aquel momento me había venido a la cabeza porque sí; hasta paré en seco de andar en el momento en el que me dí cuenta, y me reí un poco antes de continuar.

como no tenía música y había un par de canciones que me apetecía escuchar, y como me importaba una mierda todo un poco, me puse a cantar yo mismo a viva voz las partes que recordaba de las canciones que quería oír. se que es absurdo y no tiene ningún sentido, pero lo tenía en aquel momento, no puedes aplicar sentado en una silla enfrente a un ordenador la lógica del camino. llegué a la carretera de las costa y decidí volver por ella, aún bajo un sol que sobre el asfalto parecía quemar mucho más, sentía mi piel blanca literalmente arder para sus adentros. seguí andando.

el camino fue largo, pero esa vez sabía hasta donde estaba yendo así que también fue diferente. sin separar la vista del mar recorrí todo el asfalto del mundo hasta llegar al pueblo por la carretera que resultó ser la misma que la que se pierde de vista en el bosque de detrás del cementerio.

podría haberme ido a casa directamente, aprovechar lo que quedaba de dia para quedar con alguien descansar y comer y ducharme y vivir bien, pero no lo hice. vi una fuente en las calles que suben detrás del teatro y fui corriendo hacia ella, de golpe recordando la muchísima sed que tenia y luego seguí bajando la carretera hasta el paseo marítimo, lleno de gente y conversaciones que nada tenían que ver conmigo. me senté, tras saludar a un par de personas - bien que tal, pues dando una vuelta -, en los muros que dan a la playa, bajo la sombra de un árbol y de una atracción apagada de feria. eran las cuatro o cinco de la tarde cuando finalmente devoré, sin remordimientos, casi con violencia, la comida para dos personas que había traído conmigo. traté de distraerme leyendo noticias en el móvil, que acababa de resucitar, pero nada había ocurrido en el mundo que pudiese entretenerme. podía sentir las quemaduras del sol, el viento me azotaba los labios cortados casi hasta sangrar y el fracaso de mi historia pasaba desapercibido a todos cuanto pasaban, para ellos era solo otro chico mirando al mar.

reprimiendo el impulso de tirar piedras a todo aquel que se atreviese a pensar que ello significa nada más.






El dia que la humanitat es va fondre en una gran massa de xiclet.








El dia que la humanitat es va fondre en una gran

massa de xiclet

era un dimarts com qualsevol altre.

Les cases eren quadrades, algunes

petites. D’altres fregaven el cel, com

ho feien les samarretes esteses

al terrat d’una tal Maria.

Sobre una farola apagada -era de dia-

hi havia un colom.

El sol brillava amb força, feia calor i la gent es movia

per la gran bola de terra. I sense saber com,

en aquell moment precís,

les persones van començar a desfer-se,

a tornar-se els cossos flàccids

com xiclets rosats, humits.

Van començar essent més tous del normal. A la pell

un hi podria enfonsar els dits,

fins que cada tros del cos queia, penjant abans

dels fils elàstics, que es fèien blancs

i prims.

La Maria, que estenia

els últims mitjons, a un ritme lent però constant

es fonia, els peus ja els tenia

enganxifats als rajols vermells.

Enllà, al vinti-dosè pis d’un alt edifici d’aquells,

a deu executius d’una multinacional

de refrescos amb gas, vestits de comunió, les mans

els començaren a pringar els papers

enmig d’una reunió, i les boques se’ls tancaren i mai van dir

res més.

Les americanes acabaren al terra, barrejades en xiclet.

Tan immaculat i minimalista que era el vintidosè pis, abans

d’estar tot empastifat de xiclet rosa.

Als afores, sobre el camí d’una era verdosa

un granger conduïa un tractor groc

que, quan tingué el volant cobert d’aquella massa espessa i pastosa

que abans eren dits, s’anà aturant

a poc a poc.

I es quedà alla, al camí, envoltat de prat.

Hi havia algú que encara dormia,

que encara no s’ha despertat:

les parpelles se li juntaren, elàstiques,

foses sobre els llençols estampats,

mentre somiava que era al metro i que unes senyores

l’amenaçaven cridant. Eren totes lletges.

Allà a la vora hi havia un hospital:

a la sala operatòria, un cos inconscient, obert pel ventre.

Tres metges

el remenvaven amb bisturís de metall,

que s’alentiren. Els budells van deixar de sagnar

per fer olor de maduixes.

I dels últims sorolls que es van escoltar

va ser el d’un encenedor.

No va arribar a cremar el cigar,

que va quedar penjant de la boca

sellada d’un actor

i després enterrat en el rosa.

Com sempre

va arribar la nit, mandrosa,

i piulaven els ocells i quasi tot era dolç

quan els humans es convertiren en xiclet

i no en pols.

El desenterrament




En veure la tomba, sent que el cor li batega sota els pits. S’agenolla a la terra molla i es posa a escarbar immediatament. La tempesta estripa la nit amb llamps a la llunyania, tota garratibada de fred.

La dona furga la terra frenèticament i com més hi clava els dits, més pressa té, i com més la pluja torna a empènyer la terra cap al sot, amb més fúria l’aparta ella. De vegades, les pedretes li trenquen una ungla: llavors, li’n surten gotes de sang que ningú veu, que es mesclen en l’aigua i en la negror de la terra. Nota pessics als dits i encara escarba més ràpid. L’aigua se li endú la suor. El braços, incessants, se li enduen el fred.

Excava sense mirar, la pluja i la pressa l’enceguen: de tant en tant, entre embranzida i embranzida, hi ha en la nit una taca gris borrosa -la làpida, que cada cop veu més amunt- i no nota els cabells, xopats i arrapats al clatell, ni el pit accelerat, ni els genolls encastats al fang: només sent els braços impetuosos i els dits, que en abraonar-se de nou al sòl, per fi colpegen la fusta, i la freguen igual d’apressats en acabar d’enretirar tot el fang. Aviat la tapa del taüt queda al descobert, la dona l’obre: hi ha un cos blanquíssim que engrapa per la camisa. Apretant les dents el llença fora, es fica dins la caixa encoixinada, amb un cop brusc es tenca en la negror absoluta. Després, es desinfla en un sospir feliç. 

I la tempesta la sepulta. 



4.







Quan ploro miques de mar

em queda sal a la pell.



Quan no ens enfonsàvem

fèiem castells a la riba




3.






Travessar la ciutat corrent
i perdre la puta merda de tren
esperar el següent i dormir-me,
llavors sóc un petit nen

Em desperta l'àcrida pudor de cossos cremant
i cafè de petroli

Quan surt el darrer tren?
Tan de bo no el trobi
El temor a la mort
que el temps te'l robi

Veus aquell far, lluny de l'odi?
Neixo i creixo al port
de la boira espessa

Quan has perdut l'últim tren
ja no tens pressa