[La deseducación] Independent Thought Alarm



La (des)educación

Reedición



¿Si me llega a interesar algo, tú crees que me voy a esperar a que lo hagamos en clase, o preguntar a un profesor que lleva claramente veinte años sin salir de su silla? ¿Si lo hiciese realmente por interés, me contentaría con esa respuesta? ¿Si fuese así, lo habría hecho en realidad solo para buscar su aprobación? 

Propongo otro método, deja florecer tu curiosidad innata. Si tienes que perder una tarde de trabajo siguiendo enlaces en wikipedia, hazlo. Si algo te interesa, por estúpido o con pocas salidas profesionales que te parezca, búscalo en google. Sin más. No esperes mejores ocasiones o métodos más refinados, cierra la pestaña y teclea ahora mismo: how to learn lo que sea que quieras aprender. 

Mira videos de gente que sabe más que tú y combínalo con la práctica. Es importante que te encuentres tú mismo los obstáculos que requieren la solución del conocimiento pero no te obsesiones ni desmoralices con ellos. Aprende y experimenta con lo que has aprendido, ve un paso más allá de lo razonable hasta que hables de ello con entusiasmo a tus amigos y conviertas tu obsesión en algo constructivo. Si te interesa la biología, perfecto, coges el libro de biología y te lo lees durante las clases en lo que ellos tardan en hacer medio tema, porque el material didáctico resulta ser útil después de todo. En tercero me leí todos los libros de texto en un par de semanas. Todos ellos. No cambies de asignatura porque ha sonado un timbre o las trompetas del día del juicio final ni tampoco te estés de cambiar de materia cuando has terminado aunque ellos no lo han hecho aún. Descansa cuando sientas que tu atención se diluye, divide el trabajo en partes más pequeñas, piensa sin distracciones, anda si llevas mucho tiempo sentado, ten siempre una botella de agua encima de la mesa para mantenerte hidratado y desayuna fuerte por la mañana.

Exactamente todo lo que no te dejan hacer.

Esos días de curiosidad me ahorraron semanas de estudio a lo largo de todo el curso y me proporcionaron un montón de horas libres en las que ellos hacían cosas que escuchaba solo de fondo porque aún me acordaba de ellas. Te lo recomiendo, el único inconveniente es que te coserán a negativos por estar haciendo sudokus, leyendo el señor de los anillos o un libro de historia en vez de estar siguiendo la clase, de historia.


- Me da igual lo que leas, lo que tienes que hacer es escucharme, abrir el libro de texto y poner la página que toca hoy.


Transforma nuestra curiosidad en algo aburrido, prohibido o esclavo de su necesidad curricular.

Estaba harto.







Parte IV

Independent Thought Alarm



Durante los años que siguieron desde segundo de eso a primero de bachillerato, pasé de sospechar que había otra forma de hacer las cosas que la que nos habían dicho, a odiar profundamente a cualquier persona que osase decir que era profesor.

He hablado mucho ya, de generalidades, de deberes, de cómo influyen las formas, la estructura, en la vida educativa, pero apenas he mencionado un par de profesores en concreto. Tiene un cierto sentido que lo haya hecho así hasta el momento, pero son realmente ellos quienes canalizan toda la situación, ellos son los que están ahí y simbolizan el establishment vengan las normas de donde vengan. No quiero convertir esto en un juego de acusaciones ni de ataques personales, pero hay personas realmente detrás de todas esas ideas que, aunque sea de forma pasiva formando parte de un sistema cuyos objetivos no comparten, sí que tienen parte de culpa de la situación, y desde luego gran parte de la responsabilidad.

Uno diría que hay profesores buenos y malos; algunos que valen la pena, algunos atados de pies y manos, algunos que te suspenden porque te tienen manía, algunos que entienden mínimamente lo que ocurre con el sistema y algunos que no lo quieren entender. Luego hay personas que simplemente su mente no da para comprender su vida, ni su entorno, ni su nada. Todos y cada uno de ellos tienen a su disposición centenares de horas para hablar con la obligación de ser escuchados, y lo relevante no es que algunos consigan dejar en nosotros una imprenta, sino que decenas de ellas logren pasar anónimos y desapercibidos después de horas hablando sin que nada relevante se quede en tu memoria. He visto conferencias de diez minutos que me han cambiado la vida, pero tú solo has conseguido aplastar mi cerebro y dejarlo en un estado inservible en el que imprimir sobre la vida únicamente tu propio fracaso y pesadez.

Esto no es un juego de buenas o malas intenciones, no importa las veces que hayas visto el club de los poemas muertos, eres una parte del sistema más y eso es lo que representas.

Quima Pastor era una profesora de historia con un título de geografía, así que no entiendo qué coño hacia dando clases historia alguien que no ha estudiado para dar clases ni tampoco sabe nada de historia. Dejemos ese detalle como un ejemplo más de lo ridículo de la separación conceptual del conocimiento del que hablaremos más adelante. Lo mismo podría poner a mis primos italianos a dar clase de francés, aunque dado el nivel de las clases, hasta podía funcionar. Como cuando enseñas piano, solo tienes que ir una clase por delante del alumno.

Su envidiable metodología se basaba en hacer leer por turnos trozos del libro de texto a alumnos, luego volver a leerlo ella misma teatralmente haciendo gestos con las manos como si añadiese algo a la explicación; mandarnos a hacer ejercicios, cuya respuesta se encontraba siempre en la parte explícitamente leída, haciendo callar cualquier atisbo de conversación o dialogo con el sonido una regla de metal golpeando la mesa. Eso hacía que de puro aburrimiento ni siquiera quisieses acabar los ejercicios, pues largos minutos de contemplar silenciosamente la pared te esperaban después. Luego, el día siguiente, corregíamos lo hecho el día anterior, donde unos mismos alumnos modelo decían lo que habían puesto, y, independientemente de la respuesta ella decía que sí, que estaba bien pero que mejor borrasen y copiasen la suya, literal del libro de respuestas para profesores, que estaba mejor y nos iba a servir para estudiar. Pasaba dando una ronda estilo de chequeo de las nueve por las celdas de prisión, nadie la tomaba en serio, miraba durante diez minutos quien había hecho los ejercicios y quien no apuntando caras sonrientes y caras tristes en una libreta, y vuelta a empezar. 

Cuando le daba por innovar, mandaba hacer trabajos que eran básicamente del mismo estilo que los deberes y no requerían más investigación que una rápida visita a la wikipedia ni análisis ni opinión. Uno puede aprobar toda la eso sin pensar una sola vez solo sabiendo los lugares ideales que copiar, en la misma página que la pregunta o la anterior, donde se introduce el concepto mencionado en el planteamiento del ejercicio, segundo párrafo saltando la tercera o cuarta línea. Como más te alejes de la literalidad de la respuesta esperada, peor nota. Aunque en realidad, las notas de los trabajos eran de pura casualidad siempre las mismas independientemente de la calidad propia del trabajo solo ligeramente desviadas por su presentación, como si cada alumno ya tuviese un rango de notas escrito en su frente antes de empezar y tu objetivo sea moverte entre ese paréntesis. 

En aquella asignatura y en cualquier otra, sería fácil pedir los trabajos en ordenador, poner un código y corregirlos sin saber de quién es. Pero no lo hacen. Él porque es obvio, tiene miedo de equivocarse y suspender a quien no deben. Una vez cometieron ese error y casi gano un concurso de literatura si no hubiese sido porque al final tras ser nominado no me presenté.

Exámenes en puramente memorísticos, de esos de recordar fechas, siglas de sindicatos y nombres de reyes. Nuevamente nada a la inventiva si puede ser: ejercicios ya hechos en clase, que muchas veces ya habían sido anunciados como tal en voz baja o entre bastidores. Obviamente la gente que escuchaba toda la mierda que decía en clase pues era capaz de pescar entre la morralla esa información clave y apuntarla sigilosamente en la libreta, mientras que los demás no. No era cuestión de saber más o saber menos, era cuestión de si uno había estado atento a lo que salía y a lo que no. Por eso sacaban buenas notas en historia gente que luego llegaba a bachillerato y no sabía quién era Hitler, y he visto muchos amigos suspendidos que podrían dar ellos la clase. Las notas creaban la ilusión de una correlación entre hacer caso y aprender, cuando en realidad era entre aparentar ser buen alumno y conseguir que te aprueben trabajos y exámenes. No es un caso aislado ni una profesora especialmente mala, simplemente era tonta y se le notaban todas estas cosas más que a los demás.

Pasaba de todo, ya no seguía la clase, no estudiaba, no hacia los deberes y llegados a ese punto disfrutaba cada punto negativo que se apuntaban en la libreta como una brisa de viento fresco, a la que respondía con risas y sarcasmo junto a mis compañeros. Porque llegaba el examen y después de reclamar puntos que casualmente siempre se le olvidaba contarme, o ejercicios que no había visto, o explicaciones de una página que no se había leído, sacaba ochos, sietes y nueves. Porque el refuerzo negativo tiene sus límites, y el intento tardío y demasiado obvio de aplicarlo y escribir caras tristes en una libreta era una confirmación de que no iba por mal camino.

Éramos crecientemente insoportables a los profesores y alumnos pero intentábamos contribuir a nuestra manera a la comunidad. Un amigo suspendió un examen importante para el que le ayude a estudiar mucho más de lo que yo había estudiado para mí mismo en todo un año y todo el mundo daba por sentado que suspendería. Cuando vi su examen con un número tres escrito encima, él se puso triste y aceptó resignado, pero yo me levanté, dejando mi examen ignorado sobre la mesa e hice algo que esa comunidad de gente que se lleva tan bien pero disfruta del fracaso ajeno porque justifica el suyo propio nunca había visto: reclamé fallos al corregir y respuestas correctas de un examen que no era el mío. Lo mejor no es que tuviese razón, es que nadie se hubiese percatado de la diferencia porque ese tres era una nota previsible para todos menos para mí, que sabía que esta vez mi amigo estaba preparado para el examen de verdad independientemente de sus notas anteriores y de no haber memorizado un estúpido libro de texto.

Salió de la clase con un siete entre los brazos. 

Era solo un examen más, pero para muchos hay una línea de no retorno, un momento en el que tu esfuerzo ha dado fruto después de tanto tiempo pero no ha sido reconocido, un momento en que necesitas una confirmación de que aún eres capaz y te vas para siempre si no la recibes. No si te esfuerzas y convences a otros de que lo haces no pasa nada todo irá bien, no es lo mismo. La cultura del esfuerzo que pretendían defender no es solo valorar el trabajar, sino que este debe dar valor a tu trabajo. Perder un año de tu vida suspendiendo cuando no lo mereces porque todo el mundo está acostumbrado a ello te aparta del sistema para siempre, te llevas a cuestas la relación entre buenas notas e inteligencia para siempre y pasarás la vida creyendo que eres estúpido porque toda relación con el mundo intelectual te recordará únicamente al instituto sitio al que no perteneces. 

Éramos unos cuantos los que hacíamos a nuestra manera. Una curiosa mezcla de gente que aprobaba sin hacer nada, repetidores esperando tener la edad para ir a trabajar, gente que apenas sacaba suficientes pero era capaz de ver el sinsentido y gente con sinceramente mejores cosas que hacer con su tiempo. Algunos se quedaron en esa actitud durante años, haciendo sonar música en móviles escondidos o haciendo pequeñas trastadas. Yo me encontraba habitualmente hablando con Eric López, sentado a mis espaldas, durante un montón de horas al día con la silla de lado, sobre el pro evolution, la vida, y una chica de fuera del instituto a la que llamábamos diecisiete.

Los días transcurrían con normalidad con alguna charla de cuando en cuando con los profesores sobre mi creciente indiferencia. Mi actitud de mínimo esfuerzo era entonces bastante cómoda y no tenía más planes con ella. De cuando en cuando me planteaba que quizás la situación no fuese tan terrible ni la adulteración tan literal, y casi me convencieron de que lo que estaba haciendo era alguna especie de travesura y que pronto, cuando me viese apretado por la siguiente subida de nivel, volvería a mi cauce habitual. Hasta que un día quería preguntar algo sobre váyase usted a saber qué a una profesora, y como había salido un momento de clase la esperé al lado de la puerta y escuché alguien al otro lado comentar en voz no lo suficientemente baja alguna cosa parecida a:


Es que estos que no estudian y luego me aprueban todos los exámenes parece que se quieran reír de nosotros, yo hago todo lo posible para que suspendan por ejemplo cuando pongo los exámenes intento que sean más… ya sabes.

Sobre la Filosofía - Quima Pastor, tutora de segundo



No llegué a escuchar nada más.






Era exactamente lo que pensaba que ocurría, pero cuando lo escuché aquel día de forma literal no me lo podía creer, y no dije nada porque sabía precisamente que nadie me creería.

Quizás era que nuestra forma de actuar se estaba volviendo popular, supongo que eso y no la rebeldía lo que disparó realmente esas alarmas metafóricas no tan metafóricas por primera vez. De vez en cuando, en alguna asignatura del montón, digamos por ejemplo inglés, preguntaban quien había hecho los deberes y alarmados por la tímida respuesta de unos pocos preguntaban quien no los había hecho. Un ejército de brazos, que se habían ido cambiando de sitio a lo largo del curso, se alzaba en más de la mitad de la clase alrededor de un grupo concreto o hardcore. Un par de reprimendas y discursos institucionales sobre el futuro después, la multitud se disipaba durante los días posteriores, pero nunca desaparecía del todo, porque sencillamente no hacer nada en clase funcionaba, y fuera había cosas mejores que hacer.

Tenía mi vida social en otro lugar. También tenía aquí, no era ni mucho menos ningún marginado, me llevaba más o menos bien con todo el mundo, teníamos un grupito para salir al patio, para hablar entre clases y a veces quedábamos algún fin de semana. Pero por una cosa u otra no la consideraba mi gente, lo que quizás hizo más fácil mi distanciamiento con los valores de ese mundo en su totalidad.

Quedaba con mis amigos en un lugar llamado Montclar. Pertenecientes a recortes de anteriores grupos del colegio, participantes a campeonatos de ping pong y genios en general, nos reuníamos ocasionalmente para jugar a magic y terminamos siendo una familia. Teníamos más o menos la misma edad pero nunca habíamos coincidido en una clase, así que no sabíamos cómo era cada uno dentro de su mundo. Allí, éramos prácticamente otra persona. Hacíamos todo tipo de locuras, salíamos de fiesta mucho antes de siquiera estar cerca de tener para ello edad legal, robábamos en los supermercados, secuestramos unos conejos, cavamos una piscina en el jardín. Una vez jugamos a futbol con una pelota encendida en queroseno. Baloncesto, vóley, Mario Kart, SSBM, ir a skull, Guitar Hero, quedar con grupos de chicas, Warhammer Fantasy; sabíamos lo que nos gustaba, sabíamos quién queríamos ser y descubrimos que éramos buenos en ello. Competíamos entre nosotros en cuanto caía en nuestras manos, y nos proporcionaba aquello que el colegio había fallado durante años en proporcionar, un reto emocionante. Nos mantuvimos activos, mentalmente preparados, y raramente alguna de las formas en que conseguíamos lo que queríamos tenía nada que ver con los viejos patrones aprendidos en las clases.

Durante un tiempo e inevitablemente, uno de nuestros pasatiempos favoritos fue contar trastadas y actos de micro rebeldía que cometíamos de cuando en cuando en clase. Con roger y muñoz en la vanguardia, al principio era para contar alguna buena historia, pero no estas no tardaron en terminarse y se convirtió en un motivo más para hacer de nuevas. No grandes cosas, no prender fuego a la entrada con gasolina como se cuenta la leyenda ocurrió un año antes de que yo entrase en tal instituto, ni cerrar todas las puertas del edificio con silicona porque alguien tenía ganas de no ir a clase ese día. Las nuestras eran tonterías menores, actos que dejaban antever de alguna forma la poca importancia que dábamos a las clases, lo sobrados que íbamos sin los consejos de ningún profesor, sin ofrecer a la postura oficial una oposición directa.

Pero no se quedó en eso.

Cada semana tenía que ir un poco más allá, tenía que haber algo que contar. De cuando en cuando otra gente se nos unía durante estas conversaciones y se reía, o entraba por un tiempo en nuestro juego, nos miraba desde la distancia sin estar muy seguro o simplemente resoplaba con cansancio o superioridad. Éramos bastante pesados. Pero no iba con ellos, tampoco era el objetivo llamar la atención, era una competición con uno mismo con sus propias normas no escritas, ver hasta donde podías llegar sin romperlas, no un intento de ser mejor que otros; una catarsis de algo mayor, una desintoxicación. De alguna forma al principio no era vandalismo en sí, eran acciones que dejaban de alguna forma al descubierto aquello que era ridículo, con lo que no estábamos de acuerdo, o nuestro creciente desapego; todo antes de adoptar nuestra rabia en el caso particular de roger, una forma más puramente destructiva. Andando sobre la línea de lo legal, mas por andar sobre alguna cosa que por interés en el otro lado, de alguna forma buscábamos un conflicto, un castigo fuera de lugar, una exposición del sistema como tal que nos diese la seguridad de tener la razón. Y lo encontrábamos. No éramos niños racionalizando nuestros límites, buscando excusas o manías de profesores o decir tras suspender para sentirte mejor que en realidad no había estudiado. Todos sacábamos buenas notas si así lo queríamos, de hecho era precisamente a lo que nos habíamos dedicado nuestras vidas antes de juntarnos. Había allí algo más que una simple expresión de rebeldía adolescente contra lo establecido. No siempre, pero a veces nos quedábamos hablando de ello más tiempo de lo normal, sin ya velocidad en la voz, en su lugar una profunda indignación. Delante de nuestras casas hasta muy entrada la noche, era porque había algo muy de fondo; aunque no pudiésemos o quisiésemos expresarlo directamente más que con esos pequeños actos. Quizás detrás había la inmensa tarea que intuíamos, que si realmente teníamos razón, íbamos a tener que aprender por nosotros mismos.

Nuestro paso por los centros educativos, conflictivo o no, exponiendo los fallos del sistema o no, terminaría; y sería olvidado tarde o temprano ante la siguiente e imparable avalancha de nuevos jóvenes. Pero para nosotros, una vez conscientes del problema, ya no había marcha atrás ni una segunda oportunidad. No puedes volver sin más a una vida que sabes ya no tiene sentido. Nos quedaba la inmensa tarea de encontrar que hacer realmente con nuestro futuro, delante de lo que deberían ser nuestros referentes, caídos. Convertirlo en una broma fácil y pavoneo era la mejor forma que teníamos de reaccionar ante la situación, quizás la única.

Años más tarde recuperamos el tema, pero la desconexión que habíamos realizado cada uno por nuestra cuenta era ya total, y estábamos orgullosos de nuestra radiante identidad de rebeldes y saboteadores. Sobre la irracionalidad de la rebeldía, no tenía ningún valor por sí misma, no conseguía nada ni su objetivo era cambiar el sistema porque la rebeldía no es una decisión racional de ventajas e inconvenientes; pero teníamos el control. 


The first and only evidence that is supplied me, within the terms of the absurdist experience, is rebellion … Rebellion is born of the spectacle of irrationality, confronted with an unjust and incomprehensible condition.

 The Rebel - Albert Camus



Muñoz, repitiendo curso, me contaba cómo se llevaba los jóvenes estudiantes a tomar cerveza en horas de clase y, antes de ir a baloncesto, quemábamos en el patio del montclar (donde por ese entonces teníamos terminantemente prohibida la entrada) todos los miércoles las hojas de los trabajos, ejercicios, libros enteros que nos mandaban para hacer, y que perfectamente podríamos haber tirado a la papelera pero nos gustaba conservar para nuestro pequeño y pagano ritual.

Cuando volvías al instituto después, ya no del verano, sino de un simple fin de semana en el montclar, aparecías en un mundo en el que ya no formas parte. Eras un fantasma. De repente te ves a ti mismo haciendo las mismas cosas que hacían quienes tomabas por idiotas años atrás y lo peor es que te importa una mierda. Los cantos de sirena anunciando que tercero y cuarto eran muy diferentes a primero y segundo resultaron ser obviamente una farsa más. Los profesores, quienes no se podían estar de expresar su desaprobación, me castigaban o expulsaban de cuando en cuando y yo pasaba el día en una posición que inventé reclinado con la silla al fondo de la clase con dos o tres genios del mundo del espectáculo más. Cada día veía más y más incoherencias, dobles morales y comportamientos sospechosos. El velo había desaparecido y no había dejado una vista muy agradable detrás.

Recuerdo una vez que saqué una media de nueve y pico en tecnología y al entregarme las notas finales comprobé con sorpresa que había suspendido el último trimestre. Me pareció curioso, pero realmente me daba igual, solo quería que me dejasen en paz. Aparentemente, como no entregué la libreta para que le diesen el visto bueno, eso significaba no poder pasar la asignatura y el mismo diálogo de besugos se repitió con diferentes profesores que interrumpieron sus agendas para intentar negociar el rescate de tan enigmática libreta.



- ¿Pero porque no la entregas? 

- No es que no quiera, es que no hay libreta, no existe. 

- Venga va, no te cuesta nada, entrégale lo que sea. 

- Para que se supone que sirve una libreta de la asignatura. 

- Para hacer los ejercicios y con ella poder estudiar para el examen. 

- Pues ya está, tengo un diez en el último examen, qué más da como haya estudiado. 

- Podrías haber copiado. 

- Podría haber copiado con libreta también, y tampoco es que tenga que demostrar que no lo haya hecho, se llama presunción de inocencia. 

- No me líes. Si no entregas la libreta te tiene que suspender, está en los criterios de avaluación. 

- Entonces suspenderé, iré a recuperación, sacaré otro diez y me quedará un cinco de la asignatura, como si alguien le importase en el futuro que nota de tecnología te queda en tercero de eso. 

- Pero venga, ¿qué te cuesta entregar la libreta?



Así durante horas y horas, muchas menos de las que me hubiese llevado crear una desde cero.
















La verdad es que yo no tenía libreta que pudiese llamarse de tecnología. Le pedí dinero a mi madre para material escolar, compré una y me gasté lo demás en algún que otro Ángel de Serra. Usaba esa libreta para todas las asignaturas, con información aleatoria, dibujos, historietas y demás, que era más para adornar que otra cosa. Por aquel entonces, los profesores, y diferentes alumnos también, estaban convencidos de que yo aparentaba no hacer nada para hacerme el rebelde o hacerme notar, ignorando todo el proceso de desencanto que llevaba años gestándose a la vista de todos. También creían en libretas secretas con los ejercicios hechos y demás seres mitológicos, y por supuesto, que yo estudiaba cuando nadie podía verme.

Entonces empezaron a jugar una carta que si bien les sirvió y emplearon en muchas otras ocasiones, les marcó definitivamente como mi enemigo, por muy de buenas que me saludasen por la calle después.

Llamaron a mis padres.

Porque cuando una figura de autoridad no es suficiente para convencer a un alumno de algo, lo mejor es conseguir más. Al final, cedí, arranqué todas las páginas escritas de una libreta antigua y copié de una compañera la resolución de un par de ejercicios de cada tema; la entregué y nunca más nadie la volvió a mencionar.

Nos bajaban deliberadamente las notas, una sustituta que no había visto en mi vida y llevaba una semana intentó que me suspendieran todo un curso el último día de clase, una tarde de verano ya tras los exámenes, por mal comportamiento. Pero tampoco éramos inocentes, a veces hacíamos ruido, nos reíamos de la clase, ese tipo de cosas. Una vez me hice expulsar de educación física porque consideré que habían expulsado injustamente a un compañero y monté una escena al respecto. Me separaron, a la fuerza y a petición popular, de Alex mí entonces compañero de mesa, a quien yo era una muy mala influencia, y pusieron en su lugar a una chica a quien yo le gustaba porque a la tutora la pareció una bonita historia de amor. No la era. El instituto no daba buenas ocasiones para hacer campanas, así que las pocas veces que optábamos por algo así la actividad se limitaba a jugar a las cartas en los lavabos o tomar el sol en los patios interiores infestados de gatos y de ventanas cerradas. Pronto nos dimos cuenta de que era más cómodo hacer esas cosas en clase directamente si podías evitar que te confiscasen la baraja, excepto en las clases de matemáticas, donde prefería apalizar a quien se ofreciese a jugar conmigo al ajedrez.

Recuerdo en especial una de esas ocasiones. Normalmente esperábamos un tiempo prudencial antes de empezar a jugar, pero ese día estaríamos más emocionados y el profesor, uno de los únicos por los que tengo algún tipo de aprecio y respeto real aun a día de hoy, decidió que habíamos cruzado una línea invisible con ello y nos expulsó. Eso nos condujo a una epopeya digna de leyenda alrededor de todo el instituto, porque nos echaron otros expulsados de los superpoblados lavabos. Nos cruzamos con un chico algo oscuro con una sudadera de Héroes del Silencio que siempre me había parecido algo desagradable, también expulsado, que como nosotros había decidido no informar de ello a la sala de guardias y dar una vuelta; y todos juntos escapamos de las garras de la jefe de estudios asegurando a la chica profesora de cicles formatius pertenecer a una clase llamada cuarto-a, a-tron.

Tras múltiples aventuras, Gerard y yo, acorralados, volvimos a clase y nos montamos una historia en la que estábamos muy avergonzados de nuestra conducta y habíamos vuelto a pedir perdón media hora más tarde de ser expulsados. La escena era inaudita, improvisada, sin duda la reacción digna de un genio, y ante la atónita mirada del profesor de matemáticas y la clase entera entramos a salvo y de fondo los pasos de la jefa de estudios retumbando por el pasillo sin salida.


Eran otros tiempos, más sencillos. Todo, aún nuestra rebeldía sin sentido, lo tenía en un mundo tan absurdo.










Había pasado ya el momento en que esperaba algún salvador, alguien de quien aún valorase su aprobación y volver con él a los cauces de una vida a favor de la corriente. 

Alguien, algún profesor, un mecenas, quien sea, que se me apareciese del cielo reconociese mi virtud y mi justa lucha. Una ilusión infantil más para cubrir la verdad. Con algún profesor hablé cuando se puso de moda expulsarme y hablar de mi comportamiento en la sala de estudios, ya tarde pero aún temprano comparados con los demás, un hombre llamado Fede, que había sido mi tutor en primero y había visto de cerca mi evolución resultó impactado por esas noticias que no se correspondían con la imagen que tenía de mí; se podría decir que genuinamente se preocupó aunque no tuviese ninguna obligación para ello y me fue a encontrar. No fue el único, no me estoy refiriendo a ninguna conversación particular porque sinceramente ya no las recuerdo. Pero las intenciones solas no bastaban, yo no buscaba consuelo, buscaba razones y las que me daban eran tan parecidas al discurso típico de los demás y del institucional, que no tenían efecto sobre mí. La conversación era de un nivel muy bajo en parte porque no daba para más y quizás porque yo tampoco era capaz de explicar todo desde su raíz como ahora lo estoy haciendo, la desinformación y el malentendido nos gobernaban. La conclusión siempre era la misma: aunque esté todo mal, como no puedes ni yo puedo hacer nada para cambiarlo porque estamos atados de pies y manos lo mejor es tragar, como nos enseñaron en catequesis.


- no quiero 
- y que propones entonces, listo, como harías tú que funcionase todo

Fue en ese momento en el que descubrí que me correspondía a mí, en ese momento, proponer la siguiente reforma del modelo educativo. No lo hice, porque no tenía una respuesta. Aunque si desde el gobierno me hubiesen avisado con más tiempo y estuviesen dispuestos a financiar a mi equipo de investigación, no tendría ningún problema en ponerme a trabajar.

El nivel de los argumentos era increíble.


se podría hacer perfectamente una prueba de competencias básicas como ya se hacen en algunas partes del país a cierta edad, incluso seguir haciendo un examen de tienes que ser x alto como para pasar de aquí acceso a las universidades; pero no basar en ellos doce años de proceso educativo desde que entras a la escuela primaria. no como objetivo último de todo el proceso de educación. que si quieres puedes centrar alrededor de temas parecidos o incluso poner los mismos nombres a las asignaturas que los diferentes temarios que salen en susodicho examen, aunque sea un desperdicio conceptual. un examen todo en conjunto no como es ahora aunque manteniendo ciertos parecidos; presentado como un culminación de lo que debes ser capaz de aprender, y demostrar esa capacidad aprendida de gestión de recursos, tiempo y propio conocimiento dando un par de meses previos para su preparación.

pero como somos una gran nació de indefensión aprendida, nunca nos vamos a atrever a dar ese paso, ni ningún otro.


gran compendio de cosas que debí decir en su momento - yo mismo



No tenía entonces una alternativa, no tenía una solución como tampoco la tengo ahora, pero uno no tiene por qué tener una alternativa completamente desarrollada a algo para decir que lo que se está haciendo no funciona. uno no necesita tener redactado un nuevo tratado de ginebra para quejarse del hecho de que las emisiones de co va a convertir a la larga su país en un erial desértico, ni saber de derecho internacional para horrorizarse ante millones de refugiados en las fronteras cerradas de europa. Imagínese los políticos saliendo a la calle con los manifestantes y exigiéndoles conocimientos de química avanzada y macro ecologismo, es una trampa del poder pedir a los ciudadanos que sufren las consecuencias de sus políticas un mayor conocimiento en ellas que los que toman las propias decisiones para poder tener derecho a opinar, igual que lo era permitir mis quejas pero no las de mis compañeros porque para hablar primero tenían que sacar buenas notas. Pese a no tener un modelo perfecto, estoy convencido de que se podrían arreglar músicas cosas simplemente siendo consciente de los fallos estructurales del sistema, cambiando la forma en la que yo haría una clase o corrigiendo comportamientos o posturas de los profesores en particular; pero no tengo en la mano una solución magnifica estructural, una solución universal a todos los problemas, entre otras cosas porque no la hay. Porque aún que nos hayan enseñado por repetición que las respuestas siempre están ahí, en el libro del profesor, escritas con fuego en el firmamento a modo de verdad histórica, no siempre es así. Estas tratando de convencerme de que eres el mal menor, pero no creo que te interese ese planteamiento, más cuando estás hablando con alguien que no le temblaría el pulso para mañana mismo, no cerrar, sino abrir las puertas a la vida y a la sociedad de todas las escuelas e institutos del mundo y que dejasen de llamarse así.

Reconozco el campo, al contrario que los profesores, como una compleja mezcla de psicología, aprendizaje, gestión de recursos y comportamiento social que debería ser estudiada y aplicada como tal. No como parches unos encima de otros, y apaños para hacer la educación más parecida a un proceso industrial y la vida más cómoda a los profesores que son después de todo los que se levantan cada día en las trincheras entre más días de vacaciones que de faena para dar clase a esos salvajes.

Los profesores se escudan de los cambios que modifican su modelo de trabajo porque solo ellos conocen las condiciones exactas porque son ellos después de todo quien están en la clase, pero a la vez la opinión de quienes están en ella tampoco vale porque, recordamos los alumnos están, de base, equivocados. Una solución no mágica, requeriría la planificación e implicación durante años no solo de unos profesores titulados en sus respectivos campos, sino la participación de puros pedagogos, educadores sociales, familia, bibliotecarios, psicólogos infantiles, monitores, entrenadores físicos y en última instancia toda una sociedad; y seamos sinceros como sociedad no estamos dispuestos a ello porque no queremos ser responsables del resultado y porque nos convencen de que tenemos alguna otra urgente y política prioridad.

No se trata de tener una alternativa, que estoy segura gente más preparada que yo puede llegar con los años dar con una o quizás hasta buscar en google el modelo de educación nórdico. Bastaría en muchos casos ser conscientes de que un modelo de educación equivale a un modelo de sociedad y ser después sinceros con nosotros mismos. De lo que se trata, es de que nunca, ni aunque fuese falso interés, he entrado en una clase de instituto y alguien me ha preguntado qué es lo que quiero aprender. Hay un vacío cuántico entre el último momento en el que cuentas en la escuela qué quieres ser de mayor a los seis años hasta que cumples dieciocho y tienes que escoger una carrera para el resto de tu vida. 

Eso, para mí, no es el síntoma de una enfermedad que pueda definirse como el mal menor. Si todo lo que tienes que decir al respecto es que no sabes hacerlo mejor, entonces lo que tienes que hacer es hacer un paso al lado y dejar que se encarguen otros.

Entiendo el concepto de atado de pies y manos. No puedes ahora simplemente dar pequeños pasos hacia dónde quieres llegar, es el mismo motivo por el que es cuestionable andar hacia las utopías y por el que mucha gente quita el azul a la bandera por la independencia; a veces en línea recta el norte te aleja de él, porque el mundo es más complejo de lo que parece, y sino que le pregunten a los esquimales y sus estúpidas veinte palabras para definir el color blanco. Un pacífico cambio de modelo no tiene futuro, porque si tu mañana, aunque yo lo haría igualmente, quitas la asistencia obligatoria y no ofreces el trofeo final de un título de graduación, a las dos semanas días cuando la gente se dé cuenta de que no es un sueño no vendrá nadie. Entonces no aprenderán aunque sea ni lo poco que aprenden con vosotros, ni tampoco harán nada que les beneficie ni quieran aprender por ellos mismos; se tumbaran frente al televisor, andarán por las calles y se levantarán al mediodía hasta que harten a sus padres y les manden a trabajos poco cualificados. Sería absurdo, porque es absurdo, pero eso es porque ya llevas diez años haciendo las cosas mal y asociando todo el mundo de buenas intenciones que acabas de abrir como un infierno al que estás obligado. Quizás no tú, pero si al sistema al que representas y bajo el que estás obligado a jugar, profesor.

Habrá quien lo haga, pero yo no defiendo tampoco el haz lo que quieras y ya; porque vas a fracasar como no seas un genio incontenible de los que hay uno cada cien años y las personas somos horribles escogiendo lo que es bueno para nosotros, pero eso no significa que necesitamos como a los ocho años que decidan otros por ti. Necesitas aprender a cómo hacer aquello que quieras, a desarrollar tu propia motivación e ideas, como gestionarlo, como no estancarse y seguir aprendiendo; necesitas un guía, no un dictador ni un supervisor de que hagas lo que dice un libre de texto ni tiene porque ser un genio atemporal, ni la viva representación del éxito porque él no es lo importante. Necesitas también ser capaz llegado el momento de escribir, manejar información, concentrarte y quizás estudiar para pasar unas pruebas, pero no pasarte la vida haciendo ensayos sobre ensayos. Alguien que no necesariamente sepa de aquello que haces más que tu pero te de las herramientas para ayudarte a ti mismo. Todo aquello que deberíais haber estado enseñándonos, y aun no es demasiado tarde pero prefieres sentarte aquí y preguntarte que puedo ya hacer porque no quieres correr el riesgo, porque para ti es un trabajo que no quieres perder pero la mayoría es lo que recordaran de la educación durante toda su vida.

¿Si los dos estamos ligados de pies y manos, quien nos ha atado en primer lugar?

¿Eres tú el que me está intentando convencer ahora de una conspiración, crees que eso no es también lo que quieres aquellos que ponen las normas y tú interpretas a tu favor?







Teníamos que hacer un trabajo por grupos parecido al trabajo de recerca que se entrega después de segundo de bachillerato, así que nos reunimos y tras muchas clases haciendo deliberaciones concluimos que nuestro tema no iba a ser de los preseleccionados sino sobre explosivos, o como lo llamamos, reacciones altamente exotérmicas. Fue la primera vez en la historia del centro que por orden directa del director se vetó un trabajo de recerca por no encajar con los objetivos del centro o alguna payasada por el estilo.

Cuando se nos informó, no atendimos a los razonamientos de la profesora que teníamos asignada como marioneta y nos tiramos más de una hora pidiendo explicaciones a un director viejo y cansado de nosotros. Cabreados y decepcionados, no hicimos nada durante todo el curso hasta la última semana, e invertimos el tiempo de clase en jugar a tonterías por internet y hablar entre nosotros. En uno de esos días, antes siquiera de que todos los grupos estuviesen formados y mucho antes de que nadie se pusiese a trabajar, hicimos una lista completa de todos los alumnos de la clase. Las notas, aunque el trabajo fuese en grupo, eran de corte personal, teniendo en cuenta la estimación de cuanto ha participada cada uno en el escrito final y de la calidad de este. Así que, junto a esa lista de nombres, escribimos del uno al diez las notas que creíamos que sacaría cada una de las personas de la clase antes siquiera de que ellos mismos supiesen qué iban a hacer.

Ninguna de las notas que nos inventamos fue a más de un punto de diferencia al final de curso de las notas reales. Ni una sola. En cuanto a las nuestras, nos sacamos de la manga en el último momento un trabajo finalizado, que los profesores no entendieron ni habían visto en ninguna fase de construcción. Esa famosa estimación personal de trabajo resultado resultó no un trabajo de minuciosa guía y supervisión durante todo el proceso, sino una especie de encuesta, unos papeles en las que nos pedían que valorásemos en multitud de complicados aspectos a nuestros compañeros con una nota y una explicación. Acordamos entre nosotros, responder siempre, en todos los apartados, páginas y páginas de preguntas rellenados con la misma respuesta escrita del mismo modo aunque no tuviese sentido dentro de la pregunta en sí.


- ¿Qué aspecto consideras más importante de vuestro trabajo?
 
- Un diez, porque hemos trabajado en equipo.


Dos de nosotros sacamos un cinco, el que se suponía era un poco más trabajador un seis, y el que era considerado listo y aplicado un ocho, exactamente la nota que habíamos predicho al principio del curso.

Lo realmente preocupante no eran las canalladas o las injusticias ni el trato personal. Era la inacción del resto de la clase, la indefensión aprendida, a la que nos vamos acostumbrando y aceptando como algo normal, el tú no te quejes que igualmente apruebas, la culpa es de los que estudian poco, la culpa es de los que estudian mucho, la culpa es de los inmigrantes ilegales, la culpa de que gane trump es de los que votan terceros partidos, el que nadie se pregunte si no está perdiendo su tiempo, energía y juventud es el verdadera problema. 

Sus críticas, las de los demás alumnos, precisamente las de quien eran más víctimas que nosotros, son las que suenan aún en mi cabeza. Les podría preguntar, aún ahora, y seguramente no recordarán todo el tiempo perdido sino la mayoría de sus profesoras con gran cariño, aquella en particular como una profesora empática, que se preocupaba por ellos y que nosotros solo queríamos molestar, pretender saberlo todo y llamar la atención.


¿Nadie se da cuenta de que las características que se van asociado como resultado del sistema educativo, son exactamente las que uno podría asociar a nuestra realidad política y social?






No sé si es porque la estructura inherente del sistema crea un modelo de persona que luego interactúa en sociedad, o si tenemos este sistema porque queremos una sociedad futura en la que podamos mirarnos al espejo y no sentirnos inferiores ni menos sufridos que nosotros, porque si era verdad después de todo que todo ese trabajo duro fue en vano eso convertiría esos años de sacrificios en años perdidos. 

Tampoco sería justo simplemente ver todo lo que no te gusta del mundo y culpar de ello al sistema y la sociedad, o en nuestro caso, al sistema educativo. No sé si fue antes el huevo o la gallina, pero sería una tontería pensar que no están emparentados. 


Busca los síntomas del estrés (provocados por un cierto ritmo de vida), y los síntomas de la falta de sueño continuada (provocados por ideas absurdas sobre la estandarización horaria) en la jodida Wikipedia, y tendrás una radiografía de los principales problemas de las sociedades modernas occidentales.
yo otra vez, pero en otro lugar



Nos levantábamos a una hora que es un crimen fisiológico despertar a cualquier mente adolescente, la mayoría sufrían por la acumulación de trabajo estrés y tensión ante la constante amenaza de exámenes para mantener el control. Nosotros, los chicos del fondo de la clase, pasábamos de seis o siete horas al día de tortura intelectual diaria en unos lugares que odiábamos y a los que solo íbamos porque no teníamos realmente ningún otro sitio adonde ir. Un atisbo de responsabilidad y de deber con los padres, junto la esperanza de un mañana mejor, nos hacía continuar a unos y por la misma razón dejar la educación y todo lo que para ellos significaba a otros. 

Nuestra pequeña revolución, que nos empezaba a pasar facturas tanto personales como académicas, solo servía para molestar un poco a nuestros carceleros de vez en cuando y ponerlos más en nuestra contra. No tenía ningún sentido, pero nos daba una identidad.


Ahora sí que te entiendo, el problema es que no te gustan las asignaturas, pero no sufras, ahora cuando termines el curso podrás escoger el tipo de bachillerato y estudiar por fin lo que te gusta.


La que nos espera.





Parte I             Education Labor Through

Parte II            Dulce Introducción a la Secundaria

Parte III           I Met God, She's Gay and He's Black

Parte IV           Independent Though Alarm

Parte V            The Times They Are A-Changing

Parte VI           Jesus of Suburbia I

Parte VII          Jesus of Suburbia II

Parte VIII         The Beginning and the End






la deseducacion, independent thought alarm
the decay of western civilization /?
random local guys


[La deseducación] I Met God, She's Gay and He's Black



La (des)educación

Reedición



Los profesores empezaban a notar en mi mirada un deje de superioridad y rebeldía adolescente hacia su figura, a lo que yo, con mis propias palabras, llamaba no dejar que te traten como a una mierda porque sí. Hablan de ti en tu presencia como si no fueses capaz de pensar y te miran por encima del hombro no porque sí sino por defecto. Mis padres me dijeron alguna vez, cuando les conté años después alguna discusión con un profesor:

Es que se sienten atacados, no solo les discutes sino que te encaras con ellos y les dices como tienen que hacer su trabajo. Debe dar mucha rabia cuando te pones así y siendo un enano les miras como diciendo yo se mas que tú.

Creo que en este punto, está la raíz de un problema cultural y conceptual. Uno que me gusta llamar:

El niño es tonto.

En la lista de cosas que debí responder en su momento, aquí debí decir: es que parece que necesiten que alguien les recuerde porque están aquí, claro que se sienten atacados, y deberían sentirse más aún; porque es un acto de violencia no reconocer la legitimidad de una autoridad aun cuando estas bajo su dominio. El acto de dignidad ante una situación que me obligan a pasar y hacer lo que dicen, aunque tú o ellos digan que es por mi bien en contra mi ahora voluntad; es no querer simpatizar con mi opresor aunque no salga de su necesaria tiranía, porque las pérdidas son mejores que las ganancias y no conozco otro mundo que no sea este en donde tú me pusiste.

Por suerte, no era aún tan insoportable, y nunca pronuncie esas palabras.

He sido informado de haber sido de pequeño algo repelente, pero es porque no comprendía el problema de saber de algo más que un adulto, o querer corregir a alguien, ni porque en este país esta tan mal visto hacer algo así. Es el supuesto cultural de creer a aquel que lleva las formas, de crear un derecho a saber, ligado a una posición o autoridad. El de que los adultos aprendan por memoria y repetición los movimientos y posturas socialmente aceptadas, y por esa razón y no por su valía parezca que saben lo que se hacen y se permitan el lujo de llamarse maduros unos a otros cuando se derrumban al primer signo de inestabilidad emocional. Solo se levantan y organizan su vida de la única forma que han aprendido a conseguir algo: cumplir obligaciones impuestas, y en esa creencia educan a sus hijos.

Extrañas virtudes, las que nos tomamos el lujo de llamar adultas, las de pagar un gimnasio para cubrir con la obligación la falta de voluntad. Ya me gustaría a mí tener la mitad de voluntad que tenía a los quince años. No señores, el niño no es tonto. El niño sabe menos porque lleva menos tiempo aquí y no ha aprendido como fingir lo contrario, ni siquiera a sí mismo, pero no es tonto. Un niño te gana a ajedrez, a las damas, a emparejamientos mendelianos, porque ha aprendido a hacerlo, ha invertido más tiempo y es mejor en ello que tú, triste adulto; que los años comprarán conocimientos pero no necesariamente sabiduría. Si lo que vendes como virtud es tu colección de hechos y actitudes aprendidas, no te sorprendas cuando alguien menor que tú, con verdaderas ganas de aprender y sin tiempo para la autoindulgencia te pase por delante y te encuentres algún día que se ha subido al pupitre y te mira desde arriba. Porque has sido tú el primero que ha planteado la autoridad moral como una cuestión de altura.


(mic drop)







Parte III

I Met God, She's Gay and He's Black


Lo que otros llamaron rebotes típicos de la edad yo lo llamé exigir ser tratado como una persona. Los mismos individuos que te tratan de tonto por ser más pequeño, tengan dos o cincuenta años más que tú, son los mismos que querrán ser respetados porque son mayores pero nunca ser tratados de viejos ni de en general de ningún concepto peyorativo a la edad. Estos días he estado viendo la televisión y sacaron como noticia el caso de una chica desaparecida. De unos diecisiete años, tenía problemas en casa, dejó una nota y se fue. Entiendo que los periodistas tengan que ganar dinero de alguna forma, pero hasta los telediarios y los programas de opinión política aprovecharon la ocasión para entrevistar a gentes llamadas expertos en la adolescencia, empezar a echar mierda sobre la generación. Sin demora, empezaron los adjetivos: impulsivos, sin sentido de la responsabilidad, que si una media de cinco chicos desaparecían al día en nuestro país.

A lo que ellos llaman falta de responsabilidad yo lo llamo llevar toda tu vida consciente en un lugar en el que no quieres estar y querer actuar en consecuencia antes de que el peso de las cadenas, la casa del diego y la edad te lleven a aceptar. Recordar que para un adulto, seis años de tu vida en el instituto es un sacrificio aceptable, pero que cuando tienes dieciséis, seis años son prácticamente la totalidad de esta; que el tiempo que hace de tu nacimiento no es igual a cómo percibes el tiempo digan lo que digan los números.

Empiezo a pensar que utilizo un diccionario diferente que la mass media.

Es la forma que tenemos de volcar nuestros propios problemas, traumas y expectativas a las nuevas generaciones. El adolescente en sí, se convierte en el enemigo público número uno, epitome de todo lo que no hay que hacer, la música que no hay que escuchar, la forma en que no hay que vestir. Es la resistencia de los tiempos, que ha existido siempre y siempre existirá. La sociedad creó a la adolescencia para tener algo a lo que culpar, pero no le creó una identidad propia; no le adjudicó una época de la vida con sus pros y sus contras, nació bajo el ideal de parecer un adulto completamente funcional, algo que obviamente no es, y nos atrevemos a que nos sorprenda la inconsistencia de nuestra propia creación.

El hombre medio construyó un mundo sobre el de sus padres que existiría para su propio consumo y no estaría solo formado por casas y edificios sino también de un cierto orden y unas ciertas ideas; incluso en su momento el hombre medio llegó a crear un dios a su propia imagen y semejanza. La disonancia entre esa realidad y las mentes que luego crecen y no la aceptan como propia se fue haciendo más pequeña a medida que esos métodos mejoraban, y la resistencia al cambio de tiempos más fuerte. Ese mundo fue heredado por unos hijos que olvidaron el motivo y la necesidad original de sus características, aceptaron como la verdad de una divinidad que realmente nunca habían visto, y cuando crecieron se refugiaron en sus hogares, interiorizaron su forma de vida aprendida como la normal y volvieron a construir el mundo para su propio consumo y para los tiempos ligeramente modificada nueva necesidad.

La resistencia de los tiempos, una vez más y quizás siendo la última generación (baby boomers) que se identifique en bloque como tal; no solo tenía edificios, ejércitos y banderas, así que sin distinción empleó los medios a su alcance para difundir sus ideales sobre el trabajo y creó entre muchos otros un producto, uno formado de genéricas señas de identificación social para niños, una representación ridícula de como ellos veían a los jóvenes que acabó siendo cierta por el poder la identificación y lo llamaron adolescencia. Tras filmar física o química y todas las series cancerígenas de institutos de la historia, lo hicieron oficial, buscaron justificación biológica, y colocaron en el sitio que quedó huérfano tras el premeditado asesinato cultural y muerte del otrora siempre libre espíritu de la juventud.

Por suerte el panorama no es tan sombrío, pues quizás el avance desbocado de la tecnología que ha dado herramientas a la resistencia está significando también un cambio de necesidades y paradigma más grande del que pueda resistir.

Esa mezcla explosiva de mentes divergentes, ya suficientemente encerradas en roles desde la primaria, empiezan a volar libres cuando las puertas del instituto se abren, pero vuelven siempre tras la llamada del septiembre al mismo sitio a hacer las mismas cosas y a mirar la tele porque todo lo que te ocurre es una fase. Esa mezcla, de adultos que quieren ser tratados como tal, de niños que aún son niños, de adultos queriendo ser tratados como niños y niños como adultos; eso es a lo que llamamos adolescencia. Por un lado es el producto de una obsesión con el relacionar de forma directa edades (en las que las personas ya desarrollan su divergencia) a comportamientos, y por otro lado es la respuesta de esas edades a esa injusta situación, que pasado el momento aprovechan para excusar su propio comportamiento.

Pasa un tiempo, miramos atrás, y el sistema de defensa emocional de nuestro cerebro dice: tengo una idea, vamos a fingir ser muy diferentes a unos años atrás para dejar atrás nuestros errores, y por ello nos refugiamos en la idea de haber cambiado mucho pese a hacer básicamente las mismas cosas. La realidad es que eres más cercano a aquel chico de catorce años que a cualquier otra persona sobre la faz de la tierra. El adolescente también es un producto de nosotros mismos, el nombre que le damos a nuestros errores y con el que nos convencemos de que aún no somos el mismo estúpido que los cometió.


Después de otro verano, suficiente para desconectar de las clases pero también para conectar con otro mundo, la realidad asumida por defecto ya apenas podía contener la realidad fuera de las paredes del instituto. Volvemos allí, año tras año, pese a ser otras personas desde la última vez que estamos, y volvemos a empezar desde cero. Pero me sentía extraño, más de lo habitual con pereza de asumir otra vez el mismo papel. Estaba en el limbo, en una cuerda floja y un paso más allá quizás vaya a ser muy lejos para decidir volver. Vivimos los últimos momentos de mi fe en el sistema, de la relación de las cosas que tienen valor en él y las que tienen valor para mí.






Me acuerdo de que lloré delante de la clase y todo el mundo lo vio o se enteró, aunque a nadie excepto a mí le pareció importar lo más mínimo. No voy a intentar quedar bien, esto no es una historia plana en la que ya soy el héroe justiciero y los demás el sistema maligno opresor. Tenía unos trece o catorce años y aunque en realidad, aunque pensara racionalmente que esa nota no tenía importancia y era capaz de razonar; me derrumbe ante la autoridad y la presión y lo que yo se suponía que era y tenía que hacer y se esperaba de mí. Había empezado un camino del que solo había aún piedrecitas, y aquel episodio, perfectamente en cualquier otra persona, hubiese sido el toque de atención para volver al cauce y dejar a un lado y al deseo y a la esperanza una revolución imaginaria como en los vídeos de Pink Floyd que nunca tendría lugar. Dejar en un cajón la idea aún lejana de la desobediencia. Estoy a día de hoy convencido de que a otros les ha pasado exactamente eso, y me vienen a la memoria escenas parecidas a la de mi patetismo en momentos clave de la evolución de mis compañeros, que después asustados, durante un tiempo casi no querían saber más de expulsiones, de llamadas aterradoras a los padres, ni de hablar en clase, ni de negarse a hacer deberes; y volvían con casi fervor, más fuerte que nunca, a la obligación y a la política de no hacer mucho ruido.

Teníamos uno de esos seres que utilizan el hecho de estar al cargo de una clase para satisfacer su propia sed de atención y ego personal. Ese vampiro emocional en cuestión se llamaba Estela Pastor, profesora de castellano, convencida de que nostradamus era un profeta real y también protagonista (como no) de episodios que aun vienen al caso.

El hecho es que puso unas lecturas obligatorias terribles al principio de curso, y anunció que las iríamos dando a lo largo de este. Como me sobraba tiempo y eran igualmente obligatorios me los leí el primer mes todos los libros para quitármelos de encima. Confié en que me acordaría de lo suficiente como para poder demostrar que me los había leído cuando hiciésemos algún control en el futuro, pero el control resultó ser un examen de aquellos de aprenderse de memoria los nombres de los personajes secundarios y hechos concretos, y como mi memoria para esas cosas es terrible fracasé en ello miserablemente. Me habré leído mis libros preferidos decenas de veces y aún a día de hoy fallo al intentar recordar los nombres según quien, simplemente no creo que recordarlos y comprender el libro sean dos factores necesariamente relacionados ni tengo la habilidad para acordarme de forma natural. Suspendí con todas las de la ley, y aquella profesora a quien ya tanto odiaba desde el principio, expuso mi fracaso ante toda la clase como humillación, y me encargó un resumen de la totalidad de aquel libro que ella sabía perfectamente que yo había leído.

Me fui a casa, y como no soy ningún héroe, con el libro en mano redacté el mejor resumen de diez páginas que nadie pudiese imaginar, con su final moralista de pacotilla y todo. Cuando lo entregué y su amplitud y perfección eran una patética queja y un patético orgullo del que debe buscar una forma de hacer lo que le dicen y a la vez no dejar morir su sanidad. El trabajo fue aplaudido por más de un profesor y expuesto este hecho como mi redención ante el resto de la clase.

Por primera vez, no solo pensé en la absurdez de la situación sino que tuve una respuesta emocional: me di mucho asco.

Quizás eso me salvó.

Me dejó en situación en la que no importa cual, pero en la que sentí que tenía que tomar alguna decisión porque si no esa misma escena, en sus infinitas variantes, se iba a repetir en un ciclo sin fin. Confiar en mi razón y mis instintos o dejar que otros decidiesen que era importante y que no. Creo que decidí bien, aunque seguramente algunos dirán que decidí demasiado temprano, o que esa decisión está bien para el heroísmo en los campos de auswitch pero no para segundo o tercero de la eso. Quizás tienen razón, nunca me he caracterizado por escoger bien mis batallas. Tampoco soy un defensor de la libertad incondicional como objetivo último de la vida, pero pese a todo, tomé la decisión y aunque al principio disimuladamente, me rebelé.

Llegué a pensar, si resulta relevante mostrar mi ingenuidad, que quizás más que realmente pensar imaginaba y dejaba volar la imaginación; en donde ese instituto, colegios y demás, era en realidad una prueba en la que debías descubrir por ti mismo que todo era una tontería y luego pasabas de nivel, se abría el telón, ibas al instituto, o a un mundo de la élite intelectual de verdad y continuaba la farsa para todos los demás. No lo pensaba en serio, pero jugar con esa fantasía era un último oasis de realidad. Era una idea tan infantil y simple, la de esconder la complejidad del mundo en una dualidad, que hasta platón hubiese podido dar con ella. Todo el mundo adulto estaba detrás del cristal expectante: ¿hasta cuándo va a seguir haciendo los deberes y sacando buenas notas? ¡Cómo no se da cuenta Truman del mundo que hay tras el cristal!





Estigmatizamos errores.

Aunque resulte paradójico, un error es lo peor que puedes cometer y a la vez, se te intenta proteger de la idea de que puedes fracasar.

En esta historia, pese a la aflicción, el crimen no era suspender o dejar de leer un libro, sino que alguien que no debe suspender lo haga. De que alguien solo levante la mano cuando sabe que tiene la respuesta correcta, porque contestar en clase es para la gente que acierta y el profesor tenga feedback, y no para humillarte con tu ignorancia. Es de un error donde nace todo el conflicto, en vez de ser una oportunidad para enseñar algo más. Si alguien saca buenas notas en tu asignatura no es un halago, es porque o bien memoriza las respuestas o porque no le estás enseñando nada que no supiese ya o pueda aprender en cinco minutos, pero no parecen tener problema con ello. El error, en cambio, es imperdonable, así que mejor vale no contestar.

Por el otro lado eso tiene una consecuencia, en lo que casi parecería una contradicción, y es que nunca se fracasa porque el sistema pone un precio demasiado alto a hacer algo fuera de tu alcance y no llegar. Enseñar a lidiar con el fracaso, poner en la línea de fuego a aquellos acostumbrados a ser la elite, es demasiado complicado, así que damos un paso más allá en la infantilización y después de jurar y perjurar que en tercero y cuarto de eso las cosas van a cambiar os volvemos a tratar a todos como a niños: nada de ceros, no suspensos sino insuficientes, eufemismos y cada oveja en su corral. Porque así es como nos vemos, como una gran masa de niños. Como niños os han enseñado a comportar, y como niños vais a reaccionar cuando se os trate como tal, casi deseando para ello la oportunidad. 

He visto personas de veinte años llorar en medio de una clase en la universidad con un seis en la mano porque nunca en la vida habían sacado menos de un ocho sin contar educación física. El profesor la consolaba, a todo el mundo le parecía normal y yo la miraba atónito, contentísimo con un de dos con veinticinco en una mano y un cappuccino en la otra.

La gente por alguna razón cree que educación física juega en otra liga y no cuenta, cuando es la más importante de todas las asignaturas.

Siempre medias tintas, vida a medio gas; en la vida real uno puede intentar algo con todas sus fuerzas y no ser suficiente, uno puede implicarse al máximo, estudiar todos los días y aun así suspender en el momento de demostrar lo que sabes, uno puede intentar algo de mil maneras y pese a eso fracasar por todo lo alto. Es así, no hay más, todas nuestras acciones tienen un margen de error, aunque a veces sea ridículo lo asumimos constantemente. Conocer, respetar y saber manejar con ese margen es parte muy importante del juego, y para conocer el límite hay que sobrepasarlo muchas veces.

No quiero correr el riesgo de convertir esto en un discurso motivacional, lo último que quiero es motivar a las personas equivocadas, pero probablemente Tony Hawk (escribí esto sin tener ni puta idea del mundo del skate) se ha caído más veces, Michael Jordan fallado más triples y Bruce Lee recibido más ostias que todos nosotros juntos. Fracasar, como resulta demasiado traumático para los pobres niños el contacto directo en rugby, queda expulsado de la educación y a partir de ahora jugaremos un sucedáneo que vamos a llamar rugby con cola. Que venga alguien que haya jugado en su vida a rugby o futbol americano y me diga que la preocupación por la integridad del propio cuerpo no es parte fundamental del instinto y espíritu del deporte. Los exámenes se repiten, hay dos recuperaciones en cada curso cada una más imposible de suspender que la anterior, si el profesor ve que te esfuerzas y no lo consigues, te deja más tiempo, te cuenta más ese trabajo que hiciste en casa con ordenador, wikipedia y el grupo de whats de tus compañeros de clase. Parece que premie el trabajo duro, pero lo único se hace es crear la sensación de seguridad de que si no has hecho nada malo tus problemas se van a solucionar por arte de magia, que si no llegas no pasa nada porque eres especial y te has esforzado mucho. No se puede monitorear el trabajo de treinta personas a la vez, así que el sistema premia aquellos que se saben vender, no los que saltan más.

En esa aplicación mal entendida de la cultura del esfuerzo que hablaban en contraposición a los puros resultados de los exámenes, injustos de mutu propio, llevaban una idea profunda; la idea de que las horas de trabajo mirando al reloj, resoplando y mirado al infinito son más productivas por ser más horas que la mitad trabajando de verdad aun disfrutando de lo que se hace. La clásica táctica española de hacer entre diez el trabajo de cinco y en diez horas una jornada laboral de seis para lamer el culo a tus superiores hace aquí su primera aparición estelar.

En el eterno concurso de popularidad, esta vez el de cara a los estudios y los profesores, ganaba lo que presuntamente escenificaba un oculto trabajo de fondo; la falta de sueño, el tedio y la rutina eran the new black.

Se han hecho estudios y se encontraron que la mayoría de los métodos convencionales para estudiar no aumentaban las notas en exámenes imparciales, pero que la capacidad para hacer deberes a una edad temprana y resolver problemas en general si lo hacía; independientemente de si los deberes tenían nada que ver con el contenido de los exámenes. La conclusión era clara, los métodos de estudio en sí mismos no servían pero la capacidad de concentración y resolución necesaria para get shit done era muy importante, la capacidad de, no la faena en sí. Esta situación crea una falsa relación entre estudio y resultado que se encargan luego los profesores de reforzar artificialmente, pero muy lejos de la realidad. Veía gente que me caía bien, gente que no era ni mucho menos estúpida, dedicando muchas horas y esfuerzos a aprobar, y fracasando. Apuntaban en la dirección errónea; no importa la cantidad de horas que inviertas en memorizar el temario si eres incapaz de hacerlo bailar. Las personas resolutivas, que ya de por sí sin que nadie les haya entrenado, nunca memorizaban por memorizar, se acercan a una probablemente más adecuada idea de inteligencia académica. Sacaron buenas notas cuando estaban en primaria porque eran capaces de hacer cosas y luego pasaron página. Están ahora haciendo otras cosas con su vida sin tampoco agobiarse demasiado; mientras los demás nos conformamos con ser los patéticos vencedores del juego de las notas que funcionaba cuando éramos unos niños. Porque si pudiésemos aplicar nuestra inteligencia en conseguir chicas, ser realmente buenos en algo, seguir un propósito en la vida: entonces ya lo estaríamos haciendo. Las personas más inteligentes que me he encontrado en la vida han sido, tarde o temprano, maltratadas y expulsadas del sistema más a menudo que apreciadas dentro de él.


relevante al caso: what works in education



Hay una idea fundamental para comprender el problema entre condenar errores y ocultar fracasos. La diferencia está en la tensión. Uno puede castigar todos los errores que quiera, pero no puede estigmatizar la posibilidad del error por encima del intento. Uno puede proteger a alguien de la idea del fracaso y poner una colchoneta para otorgar una sensación de seguridad; pero nunca abandonar la tensión de no tener que caer. Tenemos la falsa idea de que ayudar a alguien significa no dejarlo caer nunca, que significa socorrerlo cuando pide un poco de ayuda o cuando está un poco cansado o dejar que no haga clase de educación física porque dice que le duele ligeramente algo. Pero esto es un campo de prácticas, es donde aunque hay que disparar de verdad y tirar a dar, no se supone que aún puede fallar sino que dado el fallo se puede perdonar. Intentar con todo como si no hubiese segunda oportunidad, no con el cojín perpetuo de la seguridad temporal a los errores ni bajo su peso insoportable.


Lidiar con esa final línea es complicado así que se hacen las dos cosas, castigar las desviaciones más que las abstenciones en un mundo donde una respuesta es correcta o incorrecta, y a la vez dejar claro al principio que nada de lo que haces importa al final del día porque era para aprender. Se pierde la tensión, porque los profesores son incapaces de dar una importancia de suficiente intensidad al trabajo de sus alumnos sin recurrir a castigos. Es sustituida por un menos útil estrés perpetuo por la sobrecarga de trabajo que contiene lo peor de los dos mundos. Se tiende a cada vez dar menos importancia a los exámenes y se diluyen en miles de intentos para mover la línea de fuego siempre un poco más allá. Incluso en la universidad. Porque un examen lo puedes suspender si llega el tren y no estás preparado. Hacer un examen debería ser un ejercicio de gestión y tus conocimientos los recursos, no una copia de los mismos. No es que sean la panacea, pero es un elemento igualador; mismo examen, mismo tiempo, mismo sesgo al corregir, un momento de dejarse de pamplinas y ver quién sabe y quien no sabe responder lo que ponga en ese papel. Aprendí a hacer exámenes porque aprendí a ir hacia ellos siendo consciente de que no sabía todo lo que tenía que saber, ir a un examen tendiendo la seguridad de que las respuestas se encuentran entre lo que has memorizado es absurdo, una forma de copiar usando tu Random Access Memory mental a modo de chuleta, y sin conceptualmente ningún sentido. 

Los exámenes tienen sus propios problemas, imparcialidad, binaridad, de necesidad de una calificación. Propagan el miedo escénico porque saca a los alumnos de su zona de confort. El aprendizaje continuo, y no el ultimo día, es lo que se pretende conseguir, pero esa no es la verdadera razón para su potencial desaparición o disipación en miles de micropruebas. Es porque el seguimiento, mal entendido como ejercicios prácticas y entregas continuas, es una cuerda más corta que las demás. Porque si verdaderamente persiguiésemos los objetivos de calificaciones imparciales que significan algo para nuestro futuro, nos miraríamos al espejo de las sociedades nórdicas; en la que hay seguimiento continuo, exámenes importantes de acceso en edades claves desvinculados de los objetivos propios de los centros educativos. Seguimiento continuo, que no estricta guía docente día a día. Objetivos propios de los centros educativos, no prepararte para el siguiente curso de secundaria, selectividad o lo que sea haya después. No libertad de escoger con que color de cuerda te van a atar a los parámetros de una asignatura en particular, sino libertad curricular del alumno no del profesor, en centros sin acomplejar por una prueba diseñada para ser aprobada por un estudiante medio; no como temario, objetivo único y final, de dos años y medio de educación semiobligatoria. 


En vez de eso, decidimos mirarnos en los espejos del pasado y en hacer caso de cuando algún alumno modelo pero estúpido se queja de que algo es demasiado complicado porque no se ajusta a sus métodos de libreta, libro de texto y tres colores diferentes de rotulado. Así que nada de exámenes importantes: trabajos y evaluación continuada, deberes que cuentan nota, veinte por ciento de actitud a clase, exámenes corregidos por la misma persona que te conoce de cada día, exámenes cada tema porque si no es demasiada información de golpe. 

Aunque sean el objeto de nuestra ira e indignación, los profesores, esos funcionarios, son tan poco responsables al respecto como los policías del redactado de la ley. Su esfuerzo reside en mantener su status quo como empleados de una empresa estatal, no de enseñar realmente; y aunque se les diese más libertad o poder, lo aprovecharían para ese mismo cometido. Desorientados ante la manada de gente que desde los seis años sabe comportarse en una clase pero simplemente no quiere hacerlo, recurre a los mismos mecanismos autárquicos que habían funcionado con él y se lamenta de que sus alumnos no sepan apreciar la diferencia de trato entre esos colegios fascistas y la de su brillante interpretación del club de los poetas muertos.


Somos seres humanos y tenemos que aprender a sobrellevar esas situaciones de fracaso, a correr cuando crees que no puedes más, a caer y aprender de ello, a soportar dolor e incluirlo en tu margen de error. A basar nuestra autoestima, ya de por si suficientemente maltrecha ante tanto ídolo y expectativa irreal, en hechos y capacidades reales, no en ideas de que todo el mundo es muy especial ni en seguridad externa en forma de aprobación. 

Años más tarde, como me daba igual sacar un cinco que un nueve, empecé a ir a recuperaciones y me encontraba las personas que iban a subir nota.



- ¿Después de tanto trabajo durante el curso, no te da rabia saber que sacando un cinco y haciendo luego este mismo examen, hubieses sacado la misma nota que tienes ahora sin hacer nada? 
- Sí, pero no sé.


Pues yo si lo sé, si no lo hacen, no es porque valoren todo lo aprendido en el camino y no quieran tomar atajos, sino porque llegase la situación en la que tres o cuatro puntos enteros de una nota de un semestre de un año intranscendente de secundaria dependiese del examen que están a punto de hacer, pese a ser capaces de llegar al excelente llegarían aterrados y no pasarían del cinco. El mismo motivo por el que muchos parece que se atragantan en la selectividad y no pueden dejar de comentar exámenes y tener sudores fríos y misteriosas enfermedades pese a lo fácil que es.

Aprende eso por ti mismo, sino nunca por el mismo miedo al fracaso nunca vas a poder salir de los caminos establecidos cuando entres en bachillerato o sigas en la empresa familiar, porque eso es lo que vas a hacer después de años tras esa estrategia educativa de tierra quemada y de dragones más allá de este lugar. El miedo te embargará ante el campo abierto, y a los veinticinco tengas los títulos que tengas, cuando estés realmente allí fuera por primera vez, entonces recordaras los aburridos pero cálidos, autómatas pero cómodos, días en que otros vivían la vida por ti y te obligaban a gregarios horarios sin razón. Responsabilidades ya tenías antes, no te engañes, si lo echarás de menos es porque además de tu ropa sucia y la voluntad de vivir también se llevaban el peso existencial de tener que tomar decisiones que dan miedo, y vivir acorde a ellas.








Tampoco es el plan llevar una carrera de dificultades como vida y de la competición tu razón de ser, pero existe en el sistema una extraña sobreprotección, ya sea en las infinitas oportunidades, en la negación del fracaso o en la atadura a un plan educativo preestablecido.

Renunciar como buen estudiante a una asignatura o un tema que simplemente no va contigo es un buen ejercicio de cara a no convertirte en un robot académico. ¿Para qué forzar a alguien a estudiar lengua si lo suyo es, yo que sé, cocinar? Estará bien tener una base para comprender el mundo, sea lo que sea eso, pero no se necesitan dieciocho años de educación obligatoria para tener una base y si pretendes comprender su totalidad una vida tampoco será suficiente. Es natural que surjan diferencias de interés y de habilidad, aunque los roles y las prácticas de estudio lleven a una otrora extraña uniformidad de notas entre la mayoría de asignaturas. En todo caso, que exista una asignatura rechazada sistemáticamente por aquellos que son buenos en todo lo demás es, cuanto menos, sintomático; y nada tiene que ver en ello la forma física per se.

Es ese tiempo de reacción, es el enfadarse consigo mismo por no ser los suficientemente rápido en vez de culpar al otro niño por tirar la pelota demasiado fuerte. El cansarse de ser simplemente un poco bueno en algo e ir más allá porque tú quieres y no por una lejana sensación de deber. Por eso los buenos deportistas, por ejemplo, no solo son buenos en su deporte, también son capaces de jugar a la mayoría más bien de lo normal. Eso es precisamente lo que no se hace con los buenos alumnos. No pones tu objetivo en la línea donde la diferencia es un segundo más rápido o más lento, pese a excepciones no es la competición con un rival más fuerte ni la auto superación lo que empuja a tener notas más altas; y cuando así lo es, mientras el deporte es obviamente un oasis de realidad, las notas y la actividad en aquello que no deberíamos estar queriendo hacer desde un primer momento sí que arrojan sobre ambos lados de las tinieblas una sombra de superioridad intelectual. 

En última instancia no se exige ni se aprieta, no se sacan ceros, todo está lleno de segundas oportunidades, de eufemismos. En la parte alta, aunque de forma ya enfermiza los alumnos modelo buscan cotas más altas, no es la nota, es la comparación con la nota de los demás. Pese a todo, el sistema está pensado para el nivel medio de la clase y acepta retrasos pero no adelantos, así que la parte baja, aunque asume y sufre su posición no es expulsada del sistema como nos habían anunciado. Otra dualidad toma su lugar.

La filosofía de integración y moderación abandera los criterios de decir que alumno es bueno y que alumno es malo y desaparece al entrar en el sacrosanto temario de las asignaturas, donde todo lo que no sea lo que el profesor tenga en su libreta, está mal y es un tremendo error. No importa el origen, originalidad u objetivo de la acción, ahora un error es un error y se castiga, así que piénselo mejor la próxima vez antes de salirse del guion. Por un lado quien aunque saca malas notas no se arriesga y finge interés tiene un sinfín de segundas oportunidades en nombre de la cultura del esfuerzo, y por el otro quien intenta algo fuera de lo común aunque sea con su propios medios y nacido de propia voluntad está condenado desde el principio a cometer errores y ser castigado por ellos. No se trata de conseguir los objetivos sino de seguir el espíritu de nuestras normas. Igualdad de oportunidades mal entendida. Vivir entre algodones. Eliminar las desviaciones e integrar a las masas. Todo sistema tiene tendencia hasta un estado de equilibrio.

Perpetua doble moral y negación de la realidad.








Ellos dicen: Cualquier duda levantad la mano. Cuando en realidad lo que dicen es: si alguien se quiere poner en ridículo, yo os aporto el momento y el lugar. Porque no quieren saber si tienes alguna pregunta, quieren tener una excusa para volver a decir lo mismo y si la pregunta no va en esas líneas, esta fuera del temario.

Aunque a nadie se le ocurriese aprovecharlo, no hay espacio para intereses propios, y nada se soluciona con decir a los alumnos que busquen algo que les guste y hagan de ello una redacción; porque lo último que quieres es asociar lo que te gusta a la maquinaria aplastante del deber. No puedes compensar en una clase imaginativa años de silenciosa malformación. No ganas nada abriendo una clase de debate, proponer un tema y quedarte mirando como los alumnos, confusos, no saben que decir. No ganas nada, mandando a hacer trabajos y a exponerlos, si interrumpes a los alumnos para corregir lo que dicen. Nos pasamos dos horas escuchando extractos del libro de texto casi literalmente copiados, viendo como cada dos minutos la profesora interrumpía para decir exactamente lo mismo que acabábamos de oír, llegó nuestro turno y cuando nos interrumpió nos sentamos y negamos a continuar.

Cuando en esos libros hay un ejercicio que pone: debatid en clase tal cuestión, los profesores, después de meses de seguir el hilo conductivo docente propuesto en ese objeto como si se tratara de las sagradas escrituras, pasan de él como de la mierda, no dejan hablar a nadie durante clases de sesenta minutos y después se quejan al final de curso que la clase no interactúa con la asignatura.

¿Cómo que no se puede hablar en clase? Estamos compartiendo habitación con literalmente decenas de personas que están trabajando en lo mismo que nosotros, se nos intenta vender como un espacio social constructivo, se pretende que estemos una hora de muy optimista concentración sin interrupciones cuando todo el mundo con internet y cinco minutos puede comprobar que se sabe que la concentración viene en paquetes de diez a veinte y después la mente ya no puede más. Si intentases hacer las clases como lo pretenden los profesores, pasarías a primera o segunda hora dos periodos de concentración de treinta minutos y luego cinco horas con un cerebro frito con patatas que ya solo quiere mirar al infinito. Ah no, espera, que eso es exactamente lo que ocurre. ¿Será que los profesores, que llevan décadas en su trabajo, no saben nada de métodos de aprendizaje, concentración ni educación? ¿Será el Sistema Educativo un nombre en neolengua, el equivalente al Ministerio del Amor en mil novecientos ochenta-y-dos? Esta gente no tiene ni idea de donde salen las ideas. Se contentan en formar parte de un eslabón educativo en el que se supone que los alumnos, de base, están equivocados, y por lo tanto no pueden cuestionar tu trabajo.

Las ideas surgen de la comunicación, de la libre circulación de palabras, de plantear preguntas que parecen muy estúpidas. Ese no será el mejor mecanismo para aprender quien fueron los reyes godos, pero si para comprender su importancia relativa a otros factores históricos, algo que no puedes aprender con el por años obsoleto método de subrayar cosas importantes (que es una herramienta, no un método didáctico señores); porque no puedes poner un número a la influencia árabe en la península, ni decir en un texto que fue más influyente en la historia de Europa, si aquello o el fin de la ruta de la seda oriental. Es un planteamiento seudológico que se usa hasta en las asignaturas de corte artístico, y el argumento pseudoartistico de que aunque una respuesta no tenga que ver con la pregunta este medio-bien si incluye muchas características asociadas. Aparte del hecho ya obvio que diferentes conocimientos requieren diferentes enfoques y métodos, plantear el mismo tiempo histórico en una línea recta de hechos encadenados plantea en sí mismo un problema conceptual en el que somos muy listos deduciendo el resultado de los advenimientos cuando estos ya han ocurrido pero nadie ni el más afamado experto o estudio más avanzado parece ser capaz de predecir con consistencia que va a pasar ahora. En parte por la hiperrealidad, por la situación moderna de un mundo interconectado, pero también en gran parte porque cada momento histórico tiene infinitas particularidades que nunca más se van a exactamente repetir y no se anulan entre sí como le gustaría a Hari Seldon. Las viejas frases hechas sobre conocer el pasado no son base para un sistema educativo, porque el conocimiento histórico es transversal y va en aumento exponencial, e intentar adecuar los contenidos a un universo en expansión no tiene ya sentido cuando el mundo cambia tan rápido que, junto a sus retos, va a ser irreconocible en treinta años. Los problemas y giros argumentales antiguamente de siglos, serán ahora problemas de décadas, y los hechos del pasado relativos al presente serán diferentes varias veces durante el transcurso de una vida normal.

¿Hasta cuándo seguiremos obsesionados con los helenos, el imperio romano y las patéticas intentonas de imperio colonial de este ridículo país? 

La humanidad seguirá existiendo durante cientos de miles de años, la pregunta no es cuando la historia pasada se va a hacer demasiada extensa como para poder, en un tiempo razonable, ser aprendida y tratada en su totalidad, sin omitir los hechos importantes con sus causas y precedentes; sino cuando vamos a admitir que ya no es posible.

Si aún lo fuese, no ignoraríamos en clase todo lo ocurrido del antiguo talón de acero para allá antes del siglo veinte, ni al otro lado del pacifico antes de que colón, que era catalán, descubriese por primera vez en la historia de la humanidad un continente en el que ya vivían millones de personas. No solo leeríamos a pensadores griegos y alemanes, ni creeríamos que Nabucodonosor es solo el nombre de la nave de la película de Matrix; porque lo que estamos haciendo no es aprender historia ni historia de la filosofía, ni historia del arte sino permanecer obsesionados con nuestra propia herencia cultural. A la sombra de la silenciosa pero aún omnipresente moral católica, resulta que luego de sembrar vientos un día amanece; y restamos detrás del televisor ante la tormenta preocupados, y de alguna forma aun sinceramente sorprendidos, ante el auge del racismo, el fundamentalismo islámico y el nacionalismo radical.






El punto general, es que las limitaciones del sistema pueden parecer anecdóticas porque todo lo que se hace está dentro de sus confines, pero realmente abrumadoras cuando te das cuenta de la complejidad y transversalidad del mundo real. Quizás son útiles para memorizar largas listas de cosas, ¿pero alguien ha usado alguno de los métodos aprendidos en esos años para aprender a hacer algo fuera del mundo académico? Ensayo y error, ser capaz de relacionar, imaginar y mantener conceptos en tu mente, crear y no copiar tus propios mapas conceptuales de información, trabajo en equipo, gestión a largo plazo, inteligencia emocional, reconocer las propias capacidades límites y virtudes particulares. Mezclar práctica específica con información general, aplicar corrección de errores particular y juntarlo todo en práctica real y frecuente.

El último es el único que se intenta, que es básicamente el funcionamiento de todo entrenamiento en el deporte, y el cual se hace tan mal en el instituto que no aprendí que funcionaba hasta años después de salir de él. No aprendes a aprender porque quienes deberían enseñarte no son educadores ni se espera que lo sean.




Los mecanismos para aprender esas cosas cuando sean necesarias o para entender mejor el mundo son mucho más importantes que esos conocimientos en sí, que para aprenderlos tanto el método como el hecho debes despertar en la persona no una obligación sino una necesidad, aunque sea nacida de una curiosidad aparentemente alejada del tema que querías tratar. No tiene sentido echar a los lobos un grupo de gente y esperar que cooperen entre ellos si uno es un gladiador que se merienda un par de ellos cada mañana. Aunque cooperen, o se pongan de acuerdo para matar en casa luego más tarde uno cada uno, saben perfectamente que es una pantomima y el gladiador de tener tiempo o ganas lo hubiese hecho todo él mismo en menos tiempo. No es suficiente con dar una charla o repartir una fotocopia, estas dinámicas tienen que estar integradas una vez aprendidas a partir de la necesidad de su uso, y no de leerlas en una lista.

Porque las verdaderas dinámicas de trabajo en equipo no son sentarse en un círculo y cooperar, objetivo muy nobles pero que nadie te ha enseñado nunca a hacer. Esperas que esos mecanismos aparezcan mágicamente cuando reúnes cuatro chavales y los llamas a hacer un resumen entre todos cuando llevas años ya enseñando exactamente a hacer lo contrario sin darte cuenta. Esperas un día de pura inspiración plantear un debate formal en clase y te sentarás a observar cómo, si sale en algún momento del completo silencio, se convierte en un chicos contra chicas o en un plató del sálvame: porque es el único precedente. Seguimos con los ejemplos de doble moral; esta vez estamos en un sistema educativo diseñado contra el individuo y que cumple muy bien su cometido de aplastar el ideal de este bajo una férrea bota de metal, pero donde debes ser un perfecto y funcional individualista para a la práctica salir del paso de sus intenciones súbitas de trabajar en hermandad. Pasados los primeros años nunca me sentí con ganas de forzarme a formar parte de una comunidad que solo tenía la edad biológica en común conmigo, pero académicamente nunca fue necesario. Aunque se acumulen fotos de clases en las estanterías de los exalumnos y las miremos a veces con nostalgia, lo cierto es trabajar, trabajas solo, y tus amigos de aquella época eran los amigos del tiempo libre entre, durante y fuera de clase; pues trabajar en equipo significa aprender a cargar como un camello con las obligaciones de los demás. 

No, después de horas de machacar el cerebro con cantidades absurdas de información que memorizar en vez de tratar de comprender, no puedes dar un discurso y pretender que lo aprendido a la fuerza de años trabajo las cubran bellas intenciones.

Si la gente un día se pusiese a hablar en clase, no para evadirse y contar lo que le pasó por la tarde, sino de lo propio que ocupa sus estudios; se encontraría con dos cosas.

Primero, descubrirían que en realidad les interesan los temas y que en realidad lo que desprecian son las asignaturas; que de alguna forma han logrado convertir el álgebra y la segunda guerra mundial en algo aburrido y sin magia. Segundo, que la dialéctica igual que el conocimiento es un campo transversal y entonces se vería claro como el agua que nadie tiene ni idea de lo que en teoría llevan aprendiendo los últimos cinco años, porque no saben relacionarlo fuera de su marco conceptual. Todo el mundo oye pero nadie escucha, y es que hay un motivo detrás de que la comprensión oral y escrita de este lado de los pirineos roce los límites de lo absurdo.

Había alguien que escribió en su momento sobre un mundo en el que el infierno existía pero en vez de estar poblado siguiendo juicios basados en sistemas morales prehistóricos lo habitaban todos aquellos que cuando murieron creyeron que irían al infierno. Estaba todo absolutamente lleno de cristianos, pues los pecados del cristianismo no están hechos para ser evitados sino por representar instintos básicos humanos, ser cometidos, y luego sentir arrepentimiento y culpa por ellos. En nuestra historia, pese a ser cristianos y por ello, los buenos de la película, ni uno de ellos cuestionaba su lugar en el infierno, pues todos ellos sabían íntimamente porque estaban allí. La manera más fácil de tener a alguien sometido es hacerle creer que está ahí por su propio beneficio, o por su propia culpa.

Todo en el cristianismo está hecho para cubrir alguna necesidad, sea relevante a nuestro tiempo aún o no, el motivo por el que es en sí mismo una rebelión asociar a dios a unas ciertas características en principio sin sentido al ser asociadas a una figura divina pero distintas a las consideradas estándar. Podría ponerme a hablar de la moral cristiana y de como vivimos bajo su influencia aún y sobre como los colegios de curas eran la resistencia a los tiempos en su momento, pero el caso es que como antes comprábamos la idea de dios ahora también compramos algo. Nos venden que estamos allí para aprender, nos venden la preparación para el futuro, y la compramos porque no tenemos nadie más a quien escuchar y porque creemos que ese es nuestro lugar.

Lo cierto es que nadie, ni siquiera: sobretodo nuestros padres, sabe qué hacer con nosotros y ceden el control a alguien más. Los padres a los profesores, los profesores a las normas o la institución, la institución a los políticos y a estos se los lleva el viento.

Somos una de las sociedades más acomplejadas e inseguras del mundo. Decía mi profesor de álgebra un día, de quien aprendí más sobre la sociedad que durante diez años escuchando profesores de ciencias sociales. Sonreía ante la escena de una clase entera asustada de responder a una pregunta fácil que acababa de plantear. Un complejo mejunje de gente una a una intelectualmente capaz y preparada, que sin aparente explicación se comportan en presencia de otros como una masa silenciosa aun con libertad para hablar; y es debido a algún sentimiento de inferioridad e inseguridad que no puedo acabar de comprender.


Líderes sin carisma, sin estudios de nivel, ni talentos destacables; incapaces de hablar otro idioma que no sea el castellano sin correr el riesgo de caer en el más lamentable de los ridículos; politicuchos del tres al cuarto con una oratoria vulgar y que apenas dominan los rudimentos más básicos del que debería ser su oficio; personajillos lamentables que no saben ser ni estar y que no merecen ni la más breve reseña en los libros de historia.

En cualquier otro país la suya sería una existencia anodina y gris, imperceptible para el devenir del país, engullidos por la marea humana y disuelta su nula personalidad en el ácido de las masas.

Pero sin embargo, en España, llegan a presidentes del gobierno. (...)

¿Qué sucede pues en España? ¿Qué extraños mecanismos llevan al poder a los mediocres y a los necios? ¿Es algo casual, se trata de una gran conspiración o es el reflejo de la degeneración psicológica de toda una sociedad?

No hace falta ser demasiado observador para ver que se trata de la tercera opción.


el paraíso de los mediocres - gazzeta del apocalipsis




Nunca me cansaré de citar este artículo.

Es que lo aprendemos, es que es exactamente lo que aprendemos. 

Aquello que nadie te intenta convencer, aquello intrínseco al sistema como adoptar a los del pedestal como modelos de conducta es lo que transmite el verdadero mensaje. Los americanos se ven a sí mismos como líderes del mundo, pero lo relevante no es que se vean a ellos mismos y no a otros, sino que piensen en el mundo como algo que deba ser liderado; porque el liderazgo es su sistema de organización grupal. Nadie lo dice en voz alta, no hace falta; mencionarlo sería no darlo por sentado. Sería terrible darse cuenta de que la forma en que vivimos podría ser distinta en miles de millones de formas diferentes que ni siquiera logramos ver tomamos parte de una en particular arbitrariamente elegida y a la que nos aferramos con violencia. Los profesores mismos no saben de todo aquello que silenciosamente nos van convenciendo de cómo funciona el mundo y cual es en él nuestro lugar, porque son ignorante y porque se protegen a sí mismos del peso existencial.

¿Cómo explicas sin la acción de un sistema educativo una sociedad en la que se asocia seriedad a inteligencia? ¿Respeto, a autoridad? ¿Introversión, a buen comportamiento? ¿Tener una vida triste a ser responsable? ¿Seguir clichés sociales asociados al éxito, al éxito en sí? ¿Desobediencia frente a un sistema injusto, a problemas mentales y personales?

Estas relaciones no caen de la nada, son producto de algo y finalmente me di cuenta de qué. Puede parecer algo fuerte así dicho, pero la primera reacción de los profesores cuando empecé a mostrar públicamente desdén a su profesión y sus clases, fue preguntarme si tenía algún problema en casa, si tomaba drogas o si era gay. Puedo ver en algunos de vosotros como estas convencidos de que alguna de estas cosas fueron el obstáculo para no poder aprobar a la primera cuarto de la eso, te puede parecer una buena explicación si viste esos años desde el otro lado de una cortina de humo de hachís, pero raramente son la razón de fondo. Yo no tenía ninguno de aquellos problemas, y casi podía imaginar su mecanismo de razonamiento.


Teníamos un perfectamente mediocre estudiante promedio y ahora no quiere hacer los deberes, ¿alguien ha encontrado ya algún culpable?


Acabaron concluyendo que es adolescente, ya se le pasara, que era una fase, que no se les pasaba por la cabeza ser el propio problema. Hiperactividad, déficit de atención, esquizofrenia temprana. Categorías de enfermedades mentales enteras inventadas para no admitir que a nadie cuerdo a los catorce años le importa una mierda lo que dicen esos señores que simbolizan una vez que hemos abierto los ojos todo lo que está mal en nuestro mundo, quienes nos dicen que hacer y nos castigan si nos negamos.
Pues sí, yo tenía un problema, un gran problema en la vida como nunca antes lo había tenido. Tenía, mínimo, tres años y medio por delante en un sistema que estaba aprendiendo ver como a un enemigo, como a un gigante de mármol blanco sobre la llanura, para llegar al objetivo final de un acceso a la universidad. Quedarte al margen y limitarte a cumplir tu papel en un lugar que no solo sabes absurdo, sino que antes defendiste y por el que te sientes traicionado; es solo una opción razonable años después cuando lo puedes echar como uno más al carro de los traumas del pasado. Pero yo tenía catorce años, medía uno setenta, y estaba bastante cabreado.

Mi problema se llamaba IES Sant Feliu.






Parte I             Education Labor Through

Parte II            Dulce Introducción a la Secundaria

Parte III           I Met God, She's Gay and He's Black

Parte IV           Independent Though Alarm

Parte V            The Times They Are A-Changing

Parte VI           Jesus of Suburbia I

Parte VII          Jesus of Suburbia II

Parte VIII         The Beginning and the End






la deseducacion, i met god she's gay and he's black
the decay of western civilization /?
random local guys